jueves, 29 de mayo de 2008

Pícaro.


La novela picaresca nació como parodia de las demasiado idealizadoras narraciones del Renacimiento: epopeyas, libros de caballerías, novela sentimental, novela pastoril... El fuerte contraste con la realidad social generó como respuesta irónica antinovelas de carácter antiheroico protagonizadas por anticaballeros que amaban a antidamas en países que, como España, mostraban lo bruto y lo sórdido de la realidad social de los hidalgos empobrecidos, los miserables desheredados y los conversos marginados frente a los caballeros y los indianos enriquecidos que vivían en otra realidad que era observada solamente por encima de sus cuellos engolados.
Por otra parte, la novela picaresca es según Herrero García,
Un producto pseudoascético, hijo de las circunstancias peculiares del espíritu español, que hace de las confesiones autobiográficas de pecadores escarmentados un instrumento de corrección.
En España el género sacaba la sustancia moral, social y religiosa del contraste cotidiano entre dos estamentos, el de los nobles y el de los siervos. Durante el siglo XVII comienza a vulgarizarse y degradarse la hidalguía y Don Quijote o el hidalgo pobre que se hace servir por el Lazarillo son ilustraciones de este fenómeno en la literatura española, que tienen también correlato en el mundo farsesco reflejado por el género teatral del
entremés. El humilde guitón, bigardo o pícaro de cocina como tal es un anticaballero errante en una «epopeya del hambre» a través de un mundo crapuloso, donde sólo se sobrevive gracias a la estafa y el engaño y donde toda expectativa de ascenso social es una ilusión; los vagabundeos de un Pablos o de un Guzmán constituyen el contrapunto irónico a los de los valientes caballeros. El Lazarillo de Tormes (1554) es el comienzo de una crítica de los valores dominantes de la honra y de la hipocresía que hallará su culminación y configuración canónica con la Primera parte de Guzmán de Alfarache (1599), de Mateo Alemán.

Cubierta de una de las ediciones de 1554 del Lazarillo de Tormes
Las características de este género son las siguientes:
1. El protagonista es un
pícaro, de muy bajo rango social o estamento y descendiente de padres sin honra o abiertamente marginados o delincuentes. Perfilándose como un antihéroe, el pícaro resulta un contrapunto al ideal caballeresco. Su aspiración es mejorar de condición social, pero para ello recurre a su astucia y a procedimientos ilegítimos como el engaño y la estafa. Vive al margen de los códigos de honra propios de las clases altas de la sociedad de su época y su libertad es su gran bien, pero también tiene frecuente mala conciencia.
2. Estructura de falsa autobiografía. La novela picaresca está narrada en primera persona como si el
protagonista, un pecador arrepentido y antihéroe, fuera el autor y narrara sus propias aventuras con la intención de moralizar, empezando por su genealogía, antagónica a lo que se supone es la estirpe de un caballero. El pícaro aparece en la novela desde una doble perspectiva: como autor y como actor. Como autor se sitúa en un tiempo presente que mira hacia su pasado y narra una acción cuyo desenlace conoce de antemano.
3. Determinismo: aunque el pícaro intenta mejorar de condición social, fracasa siempre y siempre será un pícaro. Por eso la estructura de la novela picaresca es siempre abierta. Las aventuras que se narran podrían continuarse indefinidamente, porque no hay evolución posible que cambie la historia.
4. Ideología moralizante y pesimista. Cada novela picaresca está narrada desde una perspectiva final de desengaño; vendría a ser un gran «ejemplo» de conducta aberrante que, sistemáticamente, resulta castigada. La picaresca está muy influida por la
retórica sacra de la época, basada en muchos casos, en la predicación de «ejemplos», en los que se narra la conducta descarriada de un individuo que, finalmente, es castigado o se arrepiente.
5. Intención satírica y estructura itinerante. La sociedad es criticada en todas sus capas, a través de las cuales deambula el protagonista en una estructura itinerante en la que se pone al servicio cada vez de un elemento representativo de cada una. De ese modo el pícaro asiste como espectador privilegiado a la hipocresía que representa cada uno de sus poderosos dueños, a los que critica desde su condición de desheredado porque no dan ejemplo de lo que deben ser.
6.
Realismo, incluso naturalismo al describir algunos de los aspectos más desagradables de la realidad, que nunca se presentará como idealizada sino como burla o desengaño.
Trayectoria del género.
El elemento picaresco ha sido una constante en la literatura universal. Aparece en el Satyricon de
Petronio Árbitro, en El asno de oro de Lucio Apuleyo y en otras obras clásicas, pero también en la Edad Media a través de la literatura goliardesca uno de cuyos representantes hispánicos es Juan Ruiz, arcipreste de Hita, y su Libro de Buen Amor; en las maqamat árabes configuradas como género a fines del siglo X por el persa Al Hamadani; en los fabliaux franceses; en la novela en verso Espill (Espejo, 1460), del valenciano Jaume Roig; en las aventuras folclóricas del astuto campesino medieval Till Eulenspiegel recopiladas por primera vez en 1515 en una antología alemana, probablemente basada en un original más antiguo de la Baja Sajonia; en Giovanni Boccaccio y en el Arcipreste de Talavera Alfonso Martínez de Toledo, en La Celestina de Fernando de Rojas y sobre todo sus continuaciones, entre las que destaca la de Feliciano de Silva; en las autobiografías y biografías de criminales estudiadas por Parker, en La lozana andaluza de Francisco Delicado, etc.

Felipe II.


La personalidad del Rey Prudente definirá la historia europea de la segunda mitad del siglo XVI. Su nacimiento en Valladolid el 21 de mayo de 1527 llenará de gozo a sus padres, el emperador Carlos V y doña Isabel de Portugal. Las fiestas que se celebraron a continuación quedaron interrumpidas cuando llegó la noticia de un hecho que crispó a la Cristiandad: el saqueo de Roma por las tropas imperiales. Carlos se vistió de luto y los festivales, torneos y justas quedaron suspendidos. El pequeño Felipe será jurado como heredero de la corona de Castilla el 10 de mayo de 1529 en el madrileño convento de San Jerónimo. La educación del príncipe quedará en manos de doña Isabel debido a los continuos viajes del emperador. En 1534 don Juan Martínez Siliceo será nombrado su tutor para que "le enseñase a leer y escribir". Al año siguiente el príncipe tenía casa propia y don Juan de Zúñiga era designado su ayo. Siliceo y Zúñiga diseñarán la educación del muchacho. Como bien dice Henry Kamen: "Como alumno, el Príncipe no era ni un modelo ni, mucho menos, sobresaliente. Su manejo del latín siempre fue regular, su estilo literario, en el mejor de los casos, mediocre, y su caligrafía siempre generalmente deficiente. Educado como un humanista, nunca llegó a serlo". Las relaciones de don Felipe con su madre fueron muy estrechas por lo que el fallecimiento de doña Isabel en 1539 supuso un golpe muy duro para el pequeño príncipe. Ese mismo año inicia sus tareas políticas ya que queda como regente del Reino ante la marcha de su padre hacia la ciudad de Gante. Felipe tenía doce años y recibió la estrecha colaboración de un Consejo de Regencia, integrado por don Francisco de los Cobos, el cardenal Tavera y el duque de Alba, familiarizándose con los asuntos de Estado. Su primer matrimonio se producirá el 15 de noviembre de 1543. La elegida será su prima María Manuela de Portugal. La duración de enlace será apenas de un año ya que la esposa falleció tras el parto del príncipe Carlos, el 12 de julio de 1545. El mismo año de su matrimonio Felipe volvió a quedar como regente de Castilla. Seguía asesorado por un consejo y las últimas decisiones estaban en manos del emperador, pero Felipe iba recogiendo la necesaria experiencia. El año 1554 será el de su segunda boda. La nueva esposa será la reina de Inglaterra, María Tudor, ya que a Carlos V le interesaba especialmente la alianza inglesa. Felipe recibe el título de rey de Nápoles y duque de Milán, trasladándose a Londres para celebrar su boda, el 25 de julio de 1554. El propio príncipe consideró siempre su enlace como una cuestión de Estado y permaneció largo tiempo en tierras inglesas. Asuntos de Estado le llevaron a Flandes, donde el 25 de octubre de 1555 recibía de su padre la soberanía de los Países Bajos. El trato con los holandeses y alemanes fue muy estrecho, convirtiéndose en un monarca querido por sus súbditos. Al año siguiente Carlos abdicaba en su hijo las coronas de Castilla y Aragón, lo que hacía a Felipe el dueño del Imperio más importante de su tiempo. Su tío Fernando recibía el Imperio Alemán y los estados patrimoniales de los Habsburgo, familia que se dividía en dos ramas: la austriaca y la española. En marzo de 1557 regresaba a Inglaterra convertido en rey de España y pasa algunos meses en compañía de su esposa, intentando engendrar el tan deseado hijo. En julio regresa a los Países Bajos para conseguir una de las mayores victorias militares de su reinado: la batalla de San Quintín, el 10 de agosto de 1557. El triunfo provocaba el fin de la guerra con Francia y la firma de un acuerdo de paz, el Tratado de Cateau-Cambresis, con el que se ponía fin a la disputa por el control de Italia, que quedaba en manos españolas. El tratado se sellaba con el matrimonio de Felipe con la joven Isabel de Valois -Felipe había enviudado por segunda vez en noviembre de 1558, sin conseguir el deseado heredero-. De este enlace nacerán las dos hijas con las que el monarca mantendrá una estrecha relación: Isabel Clara Eugenia y Catalina Micaela. A su llegada a España en 1559 inició una serie de cambios en la práctica y en la forma de gobierno, rompiendo de esta manera con la tradición medieval y otorgando un carácter innovador a la Corona, al tiempo que se fijaban las bases de la administración pública moderna. Fruto de estos cambios será el establecimiento de la corte permanente en Madrid (1561), la reforma de la audiencia de Sevilla (1556), o la creación del Consejo de Italia (1558) y de las audiencias de Charcas (1559), Quito (1563) y Chile (1567). La paz con Francia le permitiría poner en práctica una política mediterránea encaminada a frenar el expansionismo turco por el norte de África y en la zona occidental del "Mare Nostrum". Precisamente para poner fin a esta expansión se formó la Liga Santa junto a Roma, Venecia y Génova, consiguiendo la espectacular victoria en la Batalla de Lepanto (7 de octubre de 1571) dirigiendo las naves el hermano del monarca, don Juan de Austria. Don Juan había participado también con éxito en el aplastamiento de la revuelta de los moriscos granadinos en 1568. Ocho años después se producirá una segunda rebelión, llegando a solicitar ayuda a los turcos. Esta segunda tentativa tendrá también una escasa incidencia y será sofocada. El freno al avance turco llegará por la vía diplomática a través de intermediarios. Felipe II conseguía cerrar un frente de lucha y poder centrarse en los conflictos atlánticos, especialmente la Guerra de los Países Bajos, prioridad en la política felipina desde que se produjo la primera rebelión en 1566, sofocada duramente con la intervención del duque de Alba y la ejecución de los condes de Horn y Egmont. La muerte de Isabel de Valois y el príncipe Carlos y la invasión del príncipe de Orange en los Países Bajos motivaría que el año 1568 esté considerado como el "annus horribilis" del reinado de Felipe. Quedaba viudo por tercera vez, sin heredero varón y con una guerra en ciernes en el norte de Europa. En 1570 volverá a contraer otra vez matrimonio -el cuarto- siendo la elegida su propia sobrina, doña Anna de Austria. El matrimonio tendrá 5 hijos, sobreviviendo sólo el heredero de la corona, el futuro Felipe III. Doña Anna fallecería en 1580 pero el rey ya no se volvería a casar, pasando sus últimos años viudo. En esta década de los 70 la corte madrileña vivirá momentos de tensión y rivalidades al enfrentarse de manera casi abierta las dos facciones que competían por el favor real. La encabezada por el duque de Alba y la liderada por el príncipe de Eboli -a su muerte será Antonio Pérez quien se convierte en el jefe de este grupo-. Entre 1576-1579 las rivalidades casi provocan un colapso administrativo. Estos enfrentamientos tuvieron su punto culminante en el asesinato de don Juan de Escobedo, secretario particular de don Juan de Austria, el 31 de marzo de 1578, involucrándose al propio monarca cuando el promotor del asesinato era Pérez. Mientras estas rivalidades se producían en la corte, en los Países Bajos la situación era cada vez más complicada. La política militarista del duque de Alba había dejado paso a una línea más dialogante establecida por don Luis de Requesens pero su fallecimiento en 1576 y el saqueo de Amberes por las tropas no favorecieron esta nueva línea política emprendida. Don Juan de Austria pudo conseguir finalizar el conflicto pero su muerte en Namur (1578) tampoco ayudó. Felipe apostó por la llegada del cardenal Granvela como secretario de Estado para resolver la crisis tanto política como financiera. De esta manera se daba paso a la segunda etapa del reinado caracterizada por el inicio del declive físico y moral del monarca. La anexión de Portugal en 1581 será la gran victoria de este momento -Felipe había sido nombrado rey de Portugal en 1580 por las cortes de Tomar tras el fallecimiento del cardenal don Enrique, regente del reino a la muerte de don Sebastián- pero la situación en Flandes estaba estancada a pesar de los éxitos iniciales de Alejandro Farnesio. La intervención de Isabel I de Inglaterra en el conflicto de los Países Bajos inclinará la balanza a favor de los rebeldes holandeses. La reacción del Rey Prudente será la organización de la Armada de Inglaterra con la que pretendía invadir la isla británica, contando con el embarque de las tropas de Farnesio. El desastre de la Armada en el año 1588 iniciará la etapa de declive tanto política como física del reinado de Felipe II. Esta tercera etapa vendrá marcada por la progresiva dejación de funciones del monarca ya que sus achaques y enfermedades le impedían controlar todos los asuntos como era de su agrado. Para colaborar con las decisiones del monarca se crea la Junta de Noche (1585) en la que participa el secretario Vázquez de Leca. Cinco años más tarde se organiza la Junta Grande, consejo cuyo objetivo primordial será hacer frente a la caótica situación económica pero que se convertirá en la verdadera encargada del gobierno de la Monarquía. Estos últimos años vendrán caracterizados en cuanto a la política exterior por la intervención en la política francesa a través de su apoyo a la Liga Católica. Los deseos de situar a su hija Isabel Clara Eugenia en el trono francés -era hija de Isabel de Valois- no se verán satisfechos al coronar a Enrique IV como monarca galo. El inicio de un conflicto en la zona norte de Francia, en el que participarían activamente las tropas de Alejandro Farnesio, diversificaría los frentes de lucha y permitirá la consolidación de la posición holandesa. La Paz de Vervins (1598) ponía fin a la lucha hispano-francesa y dejaba los Países Bajos en manos de Isabel Clara Eugenia, casada con el archiduque Alberto. A medida que va avanzando en edad, la salud de Felipe II se iba deteriorando y los ataques de gota se repetían con mayor frecuencia. Llegará un momento en que no pueda firmar debido a la artrosis de su mano derecha. A finales del mes de junio de 1598 Felipe sufrió unas fiebres tercianas que le postraron en la cama, sufriendo dolores tan intensos que no se le podía mover, tocar lavar o cambiar de ropa. A las cinco de la madrugada del domingo 13 de septiembre de 1598 fallecía Felipe II en el monasterio de El Escorial. Tenía 71 años y su agonía había durado 53 días.

martes, 20 de mayo de 2008

Leonardo Da Vinci


Nació en 1452 en la villa toscana de Vinci, hijo natural de una campesina, Caterina (que se casó poco después con un artesano de la región), y de Ser Piero, un rico notario florentino. Italia era entonces un mosaico de ciudades-estados como Florencia, pequeñas repúblicas como Venecia y feudos bajo el poder de los príncipes o el papa. El Imperio romano de Oriente cayó en 1453 ante los turcos y apenas sobrevivía aún, muy reducido, el Sacro Imperio Romano Germánico; era una época violenta en la que, sin embargo, el esplendor de las cortes no tenía límites.
A pesar de que su padre se casó cuatro veces, sólo tuvo hijos (once en total, con los que Leonardo acabó teniendo pleitos por la herencia paterna) en sus dos últimos matrimonios, por lo que Leonardo se crió como hijo único. Su enorme curiosidad se manifestó tempranamente, dibujando animales mitológicos de su propia invención, inspirados en una profunda observación del entorno natural en el que creció. Giorgio Vasari, su primer biógrafo, relata cómo el genio de Leonardo, siendo aún un niño, creó un escudo de Medusa con dragones que aterrorizó a su padre cuando se topó con él por sorpresa.
Recreación del autorretrato de Leonardo
Consciente ya del talento de su hijo, su padre lo autorizó, cuando Leonardo cumplió los catorce años, a ingresar como aprendiz en el taller de Andrea del Verrocchio, en donde, a lo largo de los seis años que el gremio de pintores prescribía como instrucción antes de ser reconocido como artista libre, aprendió pintura, escultura, técnicas y mecánicas de la creación artística. El primer trabajo suyo del que se tiene certera noticia fue la construcción de la esfera de cobre proyectada por Brunelleschi para coronar la iglesia de Santa Maria dei Fiori. Junto al taller de Verrocchio, además, se encontraba el de Antonio Pollaiuollo, en donde Leonardo hizo sus primeros estudios de anatomía y, quizá, se inició también en el conocimiento del latín y el griego.
Juventud y descubrimientos técnicos
Era un joven agraciado y vigoroso que había heredado la fuerza física de la estirpe de su padre; es muy probable que fuera el modelo para la cabeza de San Miguel en el cuadro de Verrocchio Tobías y el ángel, de finos y bellos rasgos. Por lo demás, su gran imaginación creativa y la temprana maestría de su pincel, no tardaron en superar a las de su maestro: en el Bautismo de Cristo, por ejemplo, donde un dinámico e inspirado ángel pintado por Leonardo contrasta con la brusquedad del Bautista hecho por Verrocchio.
El joven discípulo utilizaba allí por vez primera una novedosa técnica recién llegada de los Países Bajos: la pintura al óleo, que permitía una mayor blandura en el trazo y una más profunda penetración en la tela. Además de los extraordinarios dibujos y de la participación virtuosa en otras obras de su maestro, sus grandes obras de este período son un San Jerónimo y el gran panel La adoración de los Magos (ambos inconclusos), notables por el innovador dinamismo otorgado por la maestría en los contrastes de rasgos, en la composición geométrica de la escena y en el extraordinario manejo de la técnica del claroscuro.
Florencia era entonces una de las ciudades más ricas de Europa; sus talleres de manufacturas de sedas y brocados de oriente y de lanas de occidente, y sus numerosas tejedurías la convertían en el gran centro comercial de la península itálica; allí los Médicis habían establecido una corte cuyo esplendor debía no poco a los artistas con que contaba. Pero cuando el joven Leonardo comprobó que no conseguía de Lorenzo el Magnífico más que alabanzas a sus virtudes de buen cortesano, a sus treinta años decidió buscar un horizonte más prospero.
Primer período milanés
En 1482 se presentó ante el poderoso Ludovico Sforza, el hombre fuerte de Milán por entonces, en cuya corte se quedaría diecisiete años como «pictor et ingenierius ducalis». Aunque su ocupación principal era la de ingeniero militar, sus proyectos (casi todos irrealizados) abarcaron la hidráulica, la mecánica (con innovadores sistemas de palancas para multiplicar la fuerza humana), la arquitectura, además de la pintura y la escultura. Fue su período de pleno desarrollo; siguiendo las bases matemáticas fijadas por León Bautista Alberti y Piero della Francesca, Leonardo comenzó sus apuntes para la formulación de una ciencia de la pintura, al tiempo que se ejercitaba en la ejecución y fabricación de laúdes.
Estimulado por la dramática peste que asoló Milán y cuya causa veía Leonardo en el hacinamiento y suciedad de la ciudad, proyectó espaciosas villas, hizo planos para canalizaciones de ríos e ingeniosos sistemas de defensa ante la artillería enemiga. Habiendo recibido de Ludovico el encargo de crear una monumental estatua ecuestre en honor de Francesco, el fundador de la dinastía Sforza, Leonardo trabajó durante dieciséis años en el proyecto del «gran caballo», que no se concretaría más que en una maqueta, destruida poco después durante una batalla.
Resultó sobre todo fecunda su amistad con el matemático Luca Pacioli, fraile franciscano que en 1494 publicó su tratado de la Divina proportione, ilustrada por Leonardo. Ponderando la vista como el instrumento de conocimiento más certero con que cuenta el ser humano, Leonardo sostuvo que a través de una atenta observación debían reconocerse los objetos en su forma y estructura para describirlos en la pintura de la manera más exacta. De este modo el dibujo se convertía en el instrumento fundamental de su método didáctico, al punto que podía decirse que en sus apuntes el texto estaba para explicar el dibujo, y no éste para ilustrar a aquél, por lo que Da Vinci ha sido reconocido como el creador de la moderna ilustración científica.
El ideal del saper vedere guió todos sus estudios, que en la década de 1490 comenzaron a perfilarse como una serie de tratados (inconclusos, que fueron recopilados luego en el Codex Atlanticus, así llamado por su gran tamaño). Incluye trabajos sobre pintura, arquitectura, mecánica, anatomía, geografía, botánica, hidráulica, aerodinámica, fundiendo arte y ciencia en una cosmología individual que da, además, una vía de salida para un debate estético que se encontraba anclado en un más bien estéril neoplatonismo.
Aunque Leonardo no parece que se preocupara demasiado por formar su propia escuela, en su taller milanés se creó poco a poco un grupo de fieles aprendices y alumnos: Giovanni Boltraffio, Ambrogio de Predis, Andrea Solari, su inseparable Salai, entre otros; los estudiosos no se han puesto de acuerdo aún acerca de la exacta atribución de algunas obras de este período, tales como la Madona Litta o el retrato de Lucrezia Crivelli. Contratado en 1483 por la hermandad de la Inmaculada Concepción para realizar una pintura para la iglesia de San Francisco, Leonardo emprendió la realización de lo que sería la celebérrima Virgen de las Rocas, cuyo resultado final, en dos versiones, no estaría listo a los ocho meses que marcaba el contrato, sino veinte años más tarde. La estructura triangular de la composición, la gracia de las figuras, el brillante uso del famoso sfumato para realzar el sentido visionario de la escena, convierten a ambas obras en una nueva revolución estética para sus contemporáneos.
A este mismo período pertenecen el retrato de Ginevra de Benci (1475-1478), con su innovadora relación de proximidad y distancia y la belleza expresiva de La belle Ferronière. Pero hacia 1498 Leonardo finalizaba una pintura mural, en principio un encargo modesto para el refectorio del convento dominico de Santa Maria dalle Grazie, que se convertiría en su definitiva consagración pictórica: La última cena. Necesitamos hoy un esfuerzo para comprender su esplendor original, ya que se deterioró rápidamente y fue mal restaurada muchas veces. La genial captación plástica del dramático momento en que Cristo dice a los apóstoles «uno de vosotros me traicionará» otorga a la escena una unidad psicológica y una dinámica aprehensión del momento fugaz de sorpresa de los comensales (del que sólo Judas queda excluido). El mural se convirtió no sólo en un celebrado icono cristiano, sino también en un objeto de peregrinación para artistas de todo el continente.
El regreso a Florencia
A finales de 1499 los franceses entraron en Milán; Ludovico el Moro perdió el poder. Leonardo abandonó la ciudad acompañado de Pacioli y tras una breve estancia en casa de su admiradora la marquesa Isabel de Este, en Mantua, llegó a Venecia. Acosada por los turcos, que ya dominaban la costa dálmata y amenazaban con tomar el Friuli, la Signoria contrató a Leonardo como ingeniero militar.
En pocas semanas proyectó una cantidad de artefactos cuya realización concreta no se haría sino, en muchos casos, hasta los siglos XIX o XX, desde una suerte de submarino individual, con un tubo de cuero para tomar aire destinado a unos soldados que, armados con taladro, atacarían las embarcaciones por debajo, hasta grandes piezas de artillería con proyectiles de acción retardada y barcos con doble pared para resistir las embestidas. Los costes desorbitados, la falta de tiempo y, quizá, las excesivas (para los venecianos) pretensiones de Leonardo en el reparto del botín, hicieron que las geniales ideas no pasaran de bocetos. En abril de 1500 Da Vinci entró en Florencia, tras veinte años de ausencia.
César Borgia, hijo del papa Alejandro VI, hombre ambicioso y temido, descrito por el propio Maquiavelo como «modelo insuperable» de intrigador político y déspota, dominaba Florencia y se preparaba para lanzarse a la conquista de nuevos territorios. Leonardo, nuevamente como ingeniero militar, recorrió los terrenos del norte, trazando mapas, calculando distancias precisas, proyectando puentes y nuevas armas de artillería. Pero poco después el condottiero cayó en desgracia: sus capitanes se sublevaron, su padre fue envenenado y él mismo cayó gravemente enfermo. En 1503 Leonardo volvió a la ciudad, que por entonces se encontraba en guerra con Pisa y concibió allí su genial proyecto de desviar el río Arno por detrás de la ciudad enemiga cercándola y contemplando la construcción de un canal como vía navegable que comunicase Florencia con el mar: el proyecto sólo se concretó en los extraordinarios mapas de su autor.
Pero Leonardo ya era reconocido como uno de los mayores maestros de Italia. En 1501 había causado admiración con su Santa Ana, la Virgen y el Niño; en 1503 recibió el encargo de pintar un gran mural (el doble del tamaño de La última cena) en el palacio Viejo: la nobleza florentina quería inmortalizar algunas escenas históricas de su gloria. Leonardo trabajó tres años en La batalla de Angheri, que quedaría inconclusa y sería luego desprendida por su deterioro. Importante por los bocetos y copias, éstas admirarían a Rafael e inspirarían, un siglo más tarde, una célebre de Peter Paul Rubens.
También sólo en copias sobrevivió otra gran obra de este periodo: Leda y el cisne. Sin embargo, la cumbre de esta etapa florentina (y una de las pocas obras acabadas por Leonardo) fue el retrato de Mona Lisa. Obra famosa desde el momento de su creación, se convirtió en modelo de retrato y casi nadie escaparía a su influjo en el mundo de la pintura. La mítica Gioconda ha inspirado infinidad de libros y leyendas, y hasta una ópera; pero poco se sabe de su vida. Ni siquiera se conoce quién encargó el cuadro, que Leonardo se llevó consigo a Francia, donde lo vendió al rey Francisco I por cuatro mil piezas de oro. Perfeccionando su propio hallazgo del sfumato, llevándolo a una concreción casi milagrosa, Leonardo logró plasmar un gesto entre lo fugaz y lo perenne: la «enigmática sonrisa» de la Gioconda es uno de los capítulos más admirados, comentados e imitados de la historia del arte y su misterio sigue aún hoy fascinando. Existe la leyenda de que Leonardo promovía ese gesto en su modelo haciendo sonar laúdes mientras ella posaba; el cuadro, que ha atravesado no pocas vicisitudes, ha sido considerado como cumbre y resumen del talento y la «ciencia pictórica» de su autor.
De nuevo en Milán: de 1506 a 1513
El interés de Leonardo por los estudios científicos era cada vez más intenso: asistía a disecciones de cadáveres, sobre los que confeccionaba dibujos para describir la estructura y funcionamiento del cuerpo humano. Al mismo tiempo hacía sistemáticas observaciones del vuelo de los pájaros (sobre los que planeaba escribir un tratado), en la convicción de que también el hombre podría volar si llegaba a conocer las leyes de la resistencia del aire (algunos apuntes de este período se han visto como claros precursores del moderno helicóptero).
Absorto por estas cavilaciones e inquietudes, Leonardo no dudó en abandonar Florencia cuando en 1506 Charles d'Amboise, gobernador francés de Milán, le ofreció el cargo de arquitecto y pintor de la corte; honrado y admirado por su nuevo patrón, Da Vinci proyectó para él un castillo y ejecutó bocetos para el oratorio de Santa Maria dalla Fontana, fundado por aquél. Su estadía milanesa sólo se interrumpió en el invierno de 1507 cuando, en Florencia, colaboró con el escultor Giovanni Francesco Rustici en la ejecución de los bronces del baptisterio de la ciudad.
Quizás excesivamente avejentado para los cincuenta años que contaba entonces, su rostro fue tomado por Rafael como modelo del sublime Platón para su obra La escuela de Atenas. Leonardo, en cambio, pintaba poco dedicándose a recopilar sus escritos y a profundizar sus estudios: con la idea de tener finalizado para 1510 su tratado de anatomía trabajaba junto a Marcantonio della Torre, el más célebre anatomista de su tiempo, en la descripción de órganos y el estudio de la fisiología humana. El ideal leonardesco de la «percepción cosmológica» se manifestaba en múltiples ramas: escribía sobre matemáticas, óptica, mecánica, geología, botánica; su búsqueda tendía hacia el encuentro de leyes funciones y armonías compatibles para todas estas disciplinas, para la naturaleza como unidad. Paralelamente, a sus antiguos discípulos se sumaron algunos nuevos, entre ellos el joven noble Francesco Melzi, fiel amigo del maestro hasta su muerte. Junto a Ambrogio de Predis, Leonardo culminó en 1508 la segunda versión de La Virgen de las Rocas; poco antes, había dejado sin cumplir un encargo del rey de Francia para pintar dos madonnas.
Ultimos años: Roma y Francia
El nuevo hombre fuerte de Milán era entonces Gian Giacomo Tivulzio, quien pretendía retomar para sí el monumental proyecto del «gran caballo», convirtiéndolo en una estatua funeraria para su propia tumba en la capilla de San Nazaro Magiore; pero tampoco esta vez el monumento ecuestre pasó de los bocetos, lo que supuso para Leonardo su segunda frustración como escultor. En 1513 una nueva situación de inestabilidad política lo empujó a abandonar Milán; junto a Melzi y Salai marchó a Roma, donde se albergó en el belvedere de Giulano de Médicis, hermano del nuevo papa León X.
En el Vaticano vivió una etapa de tranquilidad, con un sueldo digno y sin grandes obligaciones: dibujó mapas, estudió antiguos monumentos romanos, proyectó una gran residencia para los Médicis en Florencia y, además, trabó una estrecha amistad con el gran arquitecto Bramante, hasta la muerte de éste en 1514. Pero en 1516, muerto su protector Giulano de Médicis, Leonardo dejó Italia definitivamente, para pasar los tres últimos años de su vida en el palacio de Cloux como «primer pintor, arquitecto y mecánico del rey».
El gran respeto que Francisco I le dispensó hizo que Leonardo pasase esta última etapa de su vida más bien como un miembro de la nobleza que como un empleado de la casa real. Fatigado y concentrado en la redacción de sus últimas páginas para su tratado sobre la pintura, pintó poco aunque todavía ejecutó extraordinarios dibujos sobre temas bíblicos y apocalípticos. Alcanzó a completar el ambiguo San Juan Bautista, un andrógino duende que desborda gracia, sensualidad y misterio; de hecho, sus discípulos lo imitarían poco después convirtiéndolo en un pagano Baco, que hoy puede verse en el Louvre de París.
A partir de 1517 su salud, hasta entonces inquebrantable, comenzó a desmejorar. Su brazo derecho quedó paralizado; pero con su incansable mano izquierda Leonardo aún hizo bocetos de proyectos urbanísticos, de drenajes de ríos y hasta decorados para las fiestas palaciegas. Su casa de Amboise se convirtió en una especie de museo, plena de papeles y apuntes conteniendo las ideas de este hombre excepcional, muchas de las cuales deberían esperar siglos para demostrar su factibilidad e incluso su necesidad; llegó incluso, en esta época, a concebir la idea de hacer casas prefabricadas. Sólo por las tres telas que eligió para que lo acompañasen en su última etapa, la Gioconda, el San Juan y Santa Ana, la Virgen y el Niño, puede decirse que Leonardo poseía entonces uno de los grandes tesoros de su tiempo.
El 2 de mayo de 1519 murió en Cloux; su testamento legaba a Melzi todos sus libros, manuscritos y dibujos, que éste se encargó de retornar a Italia. Como suele suceder con los grandes genios, se han tejido en torno a su muerte algunas leyendas; una de ellas, inspirada por Vasari, pretende que Leonardo, arrepentido de no haber llevado una existencia regido por las leyes de la Iglesia, se confesó largamente y, con sus últimas fuerzas, se incorporó del lecho mortuorio para recibir antes de expirar, los sacramentos.

Mecenas.

Mecenazgo
El Mecenazgo es el patrocinio financiero de artistas o científicos, a fin de permitirles desarrollar su obra sin exigir en contrapartida créditos monetarios inmediatos.
Otra acepción podría ser que se trata de un apoyo, bien sea monetario o en especie, que una organización presta para el desarrollo social, cultural y científico de la sociedad, así como para la preservación medioambiental del entorno en el que se ubica.
Las acciones de mecenazgo ayudan a mejorar la reputación de las organizaciones que las realizan, llegando a convertirse en una acción de
relaciones públicas.

Breve historia
Recibe su nombre del noble romano
Cayo Cilnio Mecenas, consejero de César Augusto, que otorgó generosamente protección a artistas contemporáneos suyos.
Históricamente ha representado una forma importante de sostenimiento de la producción artística, al permitir el desarrollo de obras no orientadas a su circulación
mercantil. Durante el Renacimiento fue una práctica extendida, y familias como los florentinos Medici proporcionaron sustento a muchos de los artistas más importantes de su tiempo.
En la actualidad, los mecenazgos son realizados por organizaciones, tanto públicas y privadas, para la realización de diversos proyectos.

Carlos V



Carlos V (Gante 1500-Yuste 1558):Primer monarca español de la casa de Austria, nace en Gante el 24 de febrero de 1500. Era hijo de Felipe el Hermoso y de Juana de Castilla y nieto por línea materna de los Reyes Católicos. Por incapacidad de su madre heredó el trono de España a la muerte de su abuelo, el rey Fernando, en 1516. En marzo del mismo año, Carlos de Gante fue proclamado rey de Castilla y Aragón en la iglesia de Santa Gúdula de Bruselas. Carlos había sido educado en Gante por Guillaume de Croy, señor de Chièvres (1458-1521), y por Adriano de Utrech, que más tarde sería papa con el nombre de Adriano VI. Viajó a España para hacerse cargo de su reino sin conocer la lengua castellana y acompañado del todopoderoso Guillaume de Croy. Había sido escoltado desde Flesinga por tres escuadras de Holanda, Zelanda y España. En conjunto 40 naves gruesas y 12 naves menores. Desembarcó en la villa asturiana de Tazones (cerca de Villaviciosa), en lugar de Santander donde le aguardaban las autoridades para la recepción de bienvenida. Según García Cárcel, la llegada a Tazones se debió a un error de los pilotos vizcaínos. El regente Cisneros había salido al encuentro del rey, pero al llegar a Roa le sorprendió la muerte, aunque ya anteriormente Carlos le había relevado de todos sus cargos. En 1518 otorgó las primeras licencias para la venta de esclavos hacia las Indias. En cien años, constituyeron el diez por ciento de la población de los virreinatos españoles.
Es nombrado emperador (1520):En 1519, al morir su abuelo paterno el emperador Maximiliano de Austria, heredó los estados de la casa de los Habsburgo. Fue coronado emperador del Sacro Imperio Romano-Germánico en Aquisgrán, ante la tumba de Carlomagno, el 20 de octubre de 1520, con lo que se convirtió en el soberano más poderoso de Europa. El carácter religioso del título marcaría su política posterior. Lo que le importó fue hacer prevalecer una Europa cristiana al frente de la cual había sido elegido él mismo, designado por la deidad.
Entretanto en España surgió en Castilla la llamada Guerra de Comunidades, como protesta por las imposiciones de los gobernantes extranjeros. Los comuneros fueron derrotados por los imperiales el 23 de abril de 1521 en Villalar. Sus jefes, Bravo, Maldonado y Padilla fueron ejecutados. Más tarde se produjo en Levante el movimiento de las Germanías -o "hermandades de menestrales"- contra la nobleza y sus privilegios. El movimiento también fue vencido.
Numerosas Guerras:Carlos V sostuvo seis guerras con Francia; en la primera derrotó a los franceses en la batalla de Pavía (1525), haciendo prisionero al rey Francisco I.
Durante la segunda guerra con Francia el papa Clemente VII (1483-1546) miembro de la familia
Medici, que había sucedido al papa Adriano VI en 1523, receloso del empuje imparable de Carlos V, se alió con Francisco I, Venecia, Florencia, Milán y Enrique VIII en la Liga de Cognac (1526). La respuesta del Emperador provocó el violentísimo Saco de Roma (1527) a manos de los lansquenetes alemanes, dirigidos por el condestable de Borbón, haciendo prisionero al papa. Tras la paz de Cambray o de las Damas, el Papa corona por dos veces a Carlos V (22 y 24 de febrero de 1530) como emperador en Bolonia. Clemente VII no llevó a cabo el último intento de Carlos V de convocar un concilio que hiciera posible un acuerdo con los luteranos.
Ese mismo año se produce la apertura de la Dieta de Aubsburgo, que da lugar a la ruptura entre católicos y protestantes. Las 95 tesis de Lutero, relativas a las indulgencias, se habían hecho públicas por primera vez en 1517 en la iglesia de Wittemberg. Sus teorías habían convencido a muchos alemanes. En 1531 se inicia la guerra entre los príncipes protestantes y Carlos V. En 1532 como consecuencia de una caída durante un viaje a Ratisbona sufre su primer ataque de gota que se repetirán con frecuencia durante los años cuarenta. Enrique VIII de Inglaterra provoca el cisma con Roma. Tras las dietas de Worms y Spira, los enfrentamientos entre católicos y protestantes desembocaron en una guerra: En la batalla de Mülberhg (1547), los imperiales derrotan a las tropas protestantes del elector Federico de Sajonia. Cuatro años más tarde estuvo a punto de caer prisionero en Innsbruck y tuvo que asumir el fracaso del sitio de Metz, para el que había logrado reunir con muchos apuros económicos un gran ejército que fue diezmado por por el frío y las enfermedades. Tuvo que reconocer más tarde, con la paz de Augsburgo (1555), la libertad religiosa a ambos bandos. Enrique II de Francia (sucesor de Francisco I en 1547) consiguió unir un extraordinario ejército, al que se unió el príncipe Mauricio de Sajonia (compañero de armas del Emperador). Carlos V se conformó con conservar a los Países Bajos fuera del dominio francés y abandonó su plan para que Felipe II le sucediera como Emperador. En enero de 1553 el ejército de Enrique II (1519-1559) había avanzado sobre el Imperio Germánico tomando Metz, Toul y Verdún. Fue derrotado en San Quintín (1557), tomó Calais (1558) y en 1559 firmó con Felipe II la Paz de Chateau-Cambresis.
Expansión del imperio en el Nuevo Mundo:Su pasión y verdadero mundo es Europa. En 1533
Francisco Pizarro toma Cuzco, capital del imperio Inca. En 1541 los españoles logran someter a los mayas. El vasto imperio que le ofrece Hernán Cortés no le impresiona, salvo en las ingentes cantidades de oro y plata que llegan a Sevilla, para él siempre insuficientes. En 1540 Valdivia inicia su marcha hacia Chile y funda Santiago, centro de sus exploraciones, en 1541. El 25 de octubre de 1555, en el palacio de Bruselas, en el acto de abdicación solemne de los Países Bajos dice:
"Nueve veces fui a Alemania la Alta, seis he pasado en España, siete en Italia, diez he venido aquí a Flandes, cuatro en tiempos de paz y de guerra he entrado en Francia, dos en Inglaterra, otras dos fui contra Africa, las cuales son todas cuarenta, sin otros caminos de menos cuenta, que por visitar mis tierras tengo hechos. Y para esto he navegado ocho veces el mar Mediterráneo y tres el océano de España, y agora será la cuarta que volveré a pasarlo para sepultarme; por manera que doce veces he padecido las molestias y trabajos de la mar".
En enero de 1556 tuvo lugar la abdicación de los reinos de Castilla y Aragón,
Sicilia y Nuevas Indias en sus habitaciones privadas, renunció a la Corona de España a favor de su hijo Felipe II, y el imperio de Alemania a favor de su hermano Fernando II. A mediados de septiembre de 1556 emprende el último viaje de su vida. Partió del puerto de Flesinga en los Países Bajos y las 56 naves que componían la flota llegaron a Laredo el 28 del mismo mes.
Las gestiones pacificadoras de Juan Luis Vives (1492-1540):Preocupado por las contiendas que dividían Europa y soñando obtener la paz entre los reinos cristianos redactó una serie de cartas-opúsculos. Una al papa Adriano VI sobre el malestar y los disturbios de Europa, donde reclamaba la pronta reunión de un Concilio que pusiere fin a tanta división. Las guerras entre Francisco I y Carlos V le movieron a escribir dos cartas a Enrique VIII como posible mediador. A Juan Longland, confesor del Rey de Inglaterra, escribía en 1524 sobre los obstáculos y remedios para conseguir la paz. En 1529 publicaba De Pacificatione. Pero en esta línea su obra más ambiciosa es De Concordia et Discordia in Humano Genere (1529), dirigida al César Carlos V. En ella le dice que Europa, asolada por tantas guerras, «de ninguna otra cosa necesita con más agudo apremio que de su inmediato apaciguamiento y concordia» y en la que dibuja también el panorama de las causas de la discordia y la imagen del príncipe ideal. [...] En 1522 fue propuesto para desempeñar la Cátedra vacante en Alcalá por la muerte de Nebrija, con un sueldo de 200 florines de oro anuales; pero no aceptó. Al año siguiente se traslada a Inglaterra. En Oxford explicó Humanidades y Jurisprudencia. Su amistad entrañable con Enrique VIII y Catalina de Aragón llegó, según el testimonio de Wood y Vossio, a que los reyes y la corte acudieran a las clases de Vives. [...] En 1528, con motivo de la separación de Enrique VIII de su esposa Catalina de Aragón para unirse a Ana Bolena, abandonó definitivamente la corte inglesa. (R.Marín)
Retiro en el monasterio de Yuste (Extremadura):Permaneció alojado varios meses en el palacio que los duques de Oropesa tenían en Jarandilla. Esperaba a que acabaran las obras del palacete que había mandado a construir adosado al monasterio. Le acompañaba el retrato de Isabel de Portugal que pintó Tiziano. Mirándolo, lamentaba que los asuntos de estado le hubieran alejado de ella tanto tiempo (la mitad de los trece años que duró el matrimonio). Murió el 21 de septiembre de 1558 de unas fiebres palúdicas que contrae en Yuste.
Tenía algunas cualidades destacables, sombras defectuosas y profundas debilidades. Más allá de su probada honestidad y coherencia como hombre de Estado, alcanzó una profunda perspicacia en el conocimiento y uso de los otros hombres. Fue melancólico, piadoso y audaz. Desde el punto de vista religioso, trató de llegar a un acuerdo que conciliara la reforma que la iglesia necesitaba con los intereses del papado, pero no lo consiguió. Cuando la reforma se produjo en oposición al papado y las posiciones se radicalizaron, no dudó en situarse del lado de la ortodoxia.
Interpretación de los liberales (1835):El primer gran desastre lo había representado Carlos V, quien pisoteó las libertades en España. Esta fue básicamente una interpretación libre de la revuelta de los comuneros (1520-1521), en la que las principales ciudades del norte de Castilla protestaron en contra de ciertos aspectos de las políticas de Carlos, aunque finalmente fueron derrotadas en la batalla de Villalar. Una frase clave utilizada por Argüelles fue: "Perecen las libertades públicas en los campos de Villalar". En su Examen histórico de 1835, Argüelles sentó las líneas de la interpretación liberal. La más alta nobleza traicionó al pueblo y ayudó al rey a aplastar la rebelión popular. Carlos aprovechó la oportunidad para ejecutar a sus opositores y el reino quedó "a discreción del rey", quien ahora era absolutista. Carlos completó su triunfo al volverse contra los nobles y excluirlos de las Cortes en 1538. Esta opresión dio paso a "una nueva era en que la nación comenzó a decaer rápidamente". El mito de la "decadencia" se puso así en marcha. En el caso de que el emperador obtuviera logros políticos y militares en Europa, éstos eran meramente una falso "brillo". Modesto Lafuente puso por escrito la versión liberal definitiva. Su presentación, que reinó de manera absoluta hasta comienzos del siglo XX, e incluso puede encontrarse en nuestros días en algunos escritos sobre historia española, comenzaba con la premisa básica de una España arruinada por los soberanos extranjeros y sometida al absolutismo extranjero. Lógicamente, la solución se encontraba en el rechazo a la monarquía y en el apoyo a las tradiciones democráticas esenciales de España. "El reinado de Carlos V -expuso Lafuente con firmeza- nos admira pero no nos entusiasma". Tenía dos razones. En lo político, el régimen Habsburgo era tiránico, debido a que había destruido las instituciones representativas que Castilla había heredado de la Edad Media. "Perecen las libertades públicas de Castilla en los campos de Villalar. Fue la última protesta armada de la libertad contra la opresión". La conclusión de Lafuente no pudo haber sido más enérgica:
Las libertades españolas, cuya conquista había costado tan heroicos sacrificios, tan preciosa sangre por espacio de siglos, fueron ahogadas en sangre española por dos príncipes de origen extranjero. En política esto fue lo que debió España a los dos primeros soberanos de la casa de Austria. (Lafuente)
En cuanto a lo económico, los Habsburgo llevaron a la ruina a una nación que había sido próspera. Los españoles, bajo la soberanía de Carlos V, estaban
ofuscados por el brillo de las adquisiciones y de las hazañas, iban olvidando poco a poco la pérdida de sus libertades, la emigración de sus tesoros y de sus hijos, con cuya sangre se compraban aquellos lauros. Aquí se paralizaba la industria interior, y se agotaba la sangre de los hombres. Obstinada la dinastía austriaca en dominar Europa, despobló la España, sacrificó sus hijos, agotó sus tesoros y agotó sus libertades políticas. (Lafuente)
Emilio Castelar, historiador y presidente de la Primera República, miró hacia atrás en 1876 para ver, sin simpatía, "aquel gran cadáver que era la España absolutista" de los Habsburgo. En cuanto a este panorama, la única voz que disentía era la del escritor Angel Ganivet, quien en su Idearium (1897) presentó un punto de vista bastante diferente sobre Villalar. Para él, los comuneros representaban el pasado tradicional y regional, y temían aceptar la nueva Europa progresista representada por Carlos V. Esta interpretación corregida sobre el emperador, la cual recibió el apoyo de la nueva revaluación conservadora del papel "imperial" del emperador, empezó a reemplazar, a comienzos del siglo XX, la anterior visión liberal. (Henry Kamen)
Parte sobre la persecución de la herejía luterana. Codicilo, Yuste (1558):[... ] mandará proseguir en ello hasta que se ponga en execución, todavía por lo que debo al servicio de nuestro Señor, ensanchamiento de su Fee y conservación de su yglesia y Religión Christiana, en cuya deffensión he padecido tantos y tan grandes trabajos y menoscabo de mi salud, como es notorio, y por lo mucho que desseo quel Rey, mi hijo, como tan cathólico haga lo mismo, como lo confío de su virtud y christiandad, le ruego y encargo, con toda la instancia y vehemencia que puedo y devo, y mando como padre, que tanto le quiere y ama, por la obediencia que me deve, tenga desto grandíssimo y special cuydado como de cosa más principal y en que tanto le va, para que los ereges sean pugnidos y castigados con toda demostración y rigor, conforme a sus culpas, y esto sin excepción de persona alguna, ni admitir ruego, ni tener respecto a nadie, y que para effecto dello favorezca y mande favorecer el santo Officio de la
Inquisición, por los muchos y grandes daños que por ella se quitan y castigan, como por mi testamento se lo dexo encargado. Por que demás que en hazello assi, cumplirá con los ques obligado, nuestro Señor encaminará sus cosas y las favorecerá y deffenderá de sus enemigos y dará buen sucesso en ellas, y a mí, grandíssimo descanso y contentamiento.

Calvino y el calvinismo.


Calvino, cuyo nombre francés era Jean Cauvin o Calvin, nació en Noyon, localidad de la Picardía, en el norte de Francia, el 10 de julio de 1509. Hijo del secretario del obispado de su ciudad natal, cursó estudios de humanidades en famosos colegios parisienses y más tarde de leyes en las universidades de Orleans y Brujas, donde tuvo como maestros a importantes pensadores de la época. En 1532, Calvino evidenció sus sólidos conocimientos de latín e historia con su edición del tratado de Séneca De clementia (Sobre la clemencia).
Poco después de publicar esta obra, Calvino se convirtió al protestantismo, pero cuando el grupo de teólogos reformadores al que pertenecía fue ilegalizado en Francia, abandonó París. A principios de 1535 se instaló en Basilea, Suiza, y allí apareció al año siguiente su obra fundamental, Christianae religionis institutio (Instituciones de la religión cristiana). Se trataba de un brillante resumen de las doctrinas protestantes, donde, entre otras cosas, postulaba la predestinación de los elegidos, rechazaba los sacramentos tal como los entendía el catolicismo y esbozaba un nuevo esquema de organización para la nueva forma del cristianismo. Con esta obra, traducida al francés en 1541, Calvino se convirtió en uno de los principales teólogos protestantes.
Todavía en 1536, tras un breve viaje a Italia -donde mostró su talento político para atraer el apoyo de los poderosos hacia el protestantismo-, al pasar por Ginebra fue invitado a permanecer en ella. La ciudad había adoptado recientemente el protestantismo, como consecuencia de una rebelión de los burgueses contra el obispo, pero carecía de una doctrina y una organización. Calvino permaneció allí dos años, pero elaboró un código litúrgico y moral tan severo que fue expulsado por el consejo ginebrino.
Desde 1538 hasta 1541 residió en Estrasburgo, donde creó una nueva liturgia y asentó nuevas instituciones parroquiales, al tiempo que dirigía personalmente una congregación. En esos años participó en varios concilios entre católicos y protestantes y conoció a importantes teólogos luteranos como Melanchton y Martín Lutero.
Mientras tanto, Ginebra se debatía entre el caos interior y la amenaza católica externa, y volvió a llamar a Calvino. Éste, a su regreso, aplicó sus ideas religiosas, de gran austeridad, y por medio de las Ordenanzas eclesiásticas organizó la iglesia de Ginebra, que sería la base de todas las iglesias del protestantismo reformado.
Durante los años siguientes, tras eliminar a todos sus opositores -sin dudar en ejecutarlos cuando lo consideraba preciso-, Calvino se convirtió en rector absoluto de Ginebra, tanto en el aspecto religioso como en el económico y político.
A partir de 1550 se dedicó sobre todo a apoyar a otros grupos protestantes afines a sus tesis y a proporcionar coherencia a su doctrina. En 1559 apareció la versión latina definitiva de las Instituciones -un año después vería la luz la francesa-, en donde establecía sus diferencias teológicas con el luteranismo. Bajo su influjo, y el de la academia que fundó en Ginebra, esta ciudad se convirtió en el centro principal del protestantismo europeo.
Juan Calvino murió en Ginebra el 27 de mayo de 1564, lo que no impidió la continua expansión de las iglesias reformadas.
EL CALVINISMO
Dentro del protestantismo, el calvinismo se caracteriza por llevar hasta sus últimas consecuencias lógicas la soberanía absoluta de Dios y por haber logrado una prudente, pero estricta, organización humana en sus iglesias.
Una segunda Reforma
Juan Calvino llevó a cabo una "segunda Reforma". Sus intenciones y sus esfuerzos se encaminaron a reunificar las diversas tendencias protestantes, y logró atraer a los seguidores de Huldrych Zwingli (también conocido como Ulrico Zwinglio) en el Consensus tigurinus (1549); sin embargo, consumó de hecho la ruptura con el luteranismo, y dio lugar, en paralelo con éste y con el anglicanismo, al tercer gran grupo dentro del protestantismo. En Europa, las iglesias calvinistas reciben por lo general el nombre de reformadas, mientras que en el resto del mundo se conocen como presbiterianas.
Organización de iglesias locales. Rechazado durante su primera estancia en Ginebra debido a la rigidez de la disciplina impuesta, Calvino fue llamado de nuevo por el consejo de la ciudad en 1541. Revestido de autoridad, hizo publicar las Ordenanzas eclesiásticas, que posteriormente sirvieron de modelo para la fundación de otras iglesias locales. Las ordenanzas confiaban la actividad eclesial a cuatro grupos: los pastores, elegidos por el pueblo, se encargaban de predicar la palabra de Dios y se reunían semanalmente en congregación y mensualmente en sínodo; los doctores se dedicaban a la enseñanza; el presbiterio -"ancianos" laicos- mantenía la disciplina; y los diáconos se cuidaban de las tareas asistenciales. El consistorio -que en Ginebra tenía carácter de consejo de la ciudad- estaba formado por seis pastores y doce ancianos; podía sancionar las faltas leves a la disciplina o pasar la acusación a los tribunales civiles.
La denominación de iglesia presbiteriana procede precisamente de la institución del presbiterio de "ancianos" laicos con gran poder disciplinar, en contraposición a la autoridad que otras iglesias conceden al obispo.
La "ciudad-iglesia". La supremacía del poder religioso sobre el poder civil granjeó a Ginebra la denominación de "ciudad-iglesia". El afianzamiento de la iglesia se debió al celo de la constante predicación de Calvino, a la prestigiosa Academia Teológica que fundó -basada en las humanidades grecolatinas y en la exégesis (interpretación) bíblica- y a la rigidez de la disciplina impuesta mediante castigos, destierros e incluso la pena capital. Se trataba de una organización de elección democrática, pero de férrea exigencia. En cuatro años, Calvino hizo desterrar de Ginebra a 76 descontentos y ejecutar a 58 condenados, entre ellos el sabio español Miguel Servet, que murió en la hoguera.
La expansión. Calvino acogió a los refugiados franceses de fe protestante, y entre ellos eligió misioneros que regresaran a fundar otras iglesias locales. Conforme al principio de autonomía, éstas fueron estableciendo sus propias bases doctrinales y organizativas: confesión galicana (1559), escocesa (1560), belga (1561), hasta que se redactó de común acuerdo la confesión helvética (1566).
Calvino se sirvió del poder civil para la expansión de su doctrina y de las iglesias, pero cuando éste le resultó hostil se alió con la oposición. Para él, un príncipe que combatía a la iglesia perdía su derecho como tal, y era lícito oponerle resistencia, incluso armada. En Francia, los calvinistas -denominados hugonotes- trataron de dominar a Francisco II en contra de la familia Guisa.
Las guerras de religión que se desencadenaron dejaron triste recuerdo en la noche de San Bartolomé (1572), en que murieron miles de hugonotes, y no terminaron hasta el Edicto de Nantes (1598).
En los Países Bajos, los calvinistas favorecieron la rebelión contra Felipe II de España. En Escocia, el calvinismo -o puritanismo, nombre que recibió por su rigor doctrinal- tuvo desde el principio gran apoyo gracias a la labor del reformador John Knox, que hizo del presbiterianismo la religión oficial. En Inglaterra, tras el período de la revolución puritana de Oliver Cromwell, la iglesia presbiteriana fue prohibida por el anglicanismo oficial, y sólo en 1688 se le permitió de nuevo libertad de culto.
Los puritanos ingleses exiliados llevaron la iglesia presbiteriana a Nueva Inglaterra, colonia de la costa atlántica de los posteriores Estados Unidos. Los propios ingleses y los holandeses extendieron el calvinismo por diversos países de su imperio colonial, sobre todo en lo que sería más tarde la República de Sudáfrica.
Doctrina teológica
El hombre bajo el peso de Dios. La doctrina de Calvino se polariza en la soberanía de Dios: "Sólo a Dios la gloria". La justificación y la santificación del hombre son obra exclusiva de Dios, que predestina a unos hombres para la salvación "antes de tener en cuenta sus méritos" futuros, y lo consigue concediéndoles gracias eficaces e irresistibles que aseguran su perseverancia hasta el final. Cualquier contribución humana disminuiría la absoluta soberanía de Dios. En consecuencia, Calvino tuvo que admitir también que los pecadores, los condenados, no habían escapado a la eficaz voluntad divina: Dios los había predestinado a la destrucción antes de prever sus pecados y, en la doctrina calvinista más rígida, incluso antes de prever el pecado original de Adán en el Paraíso. De acuerdo con esta doctrina, sólo se admiten dos sacramentos, el bautismo y la eucaristía, pero su carácter es meramente simbólico y no proporcionan la gracia.
El conocimiento en el hombre no es sino las ideas puestas por Dios en él; Dios es la "única fuente de la verdad", y principio real de las acciones humanas. El hombre sólo es instrumento de los planes de Dios.
La palabra de Dios. La fuente de la verdad es la Sagrada Escritura, la palabra de Dios, iluminada por el Espíritu Santo e ilustrada por la predicación. Calvino aceptaba los primeros concilios y la doctrina de san Agustín contra el hereje Pelagio -que negaba la necesidad de la gracia divina en favor del libre albedrío-, pero rechazaba el magisterio de la Iglesia Católica y acusaba de idolatría a la jerarquía de Roma.
Iglesia y sociedad. La iglesia tiene "poder supremo para someter a la obediencia y al verdadero servicio de Dios a todos los cristianos, impidiendo y corrigiendo los escándalos. El cristiano santificado está en manos de Dios, no teme a ningún poder civil; su valor es un signo de su justificación, al igual que la prosperidad exterior y la riqueza. Estas ideas llevaron a lo que se ha denominado "la ética de la economía": "El oro y la plata son buenas criaturas a las que puede darse buen uso." El interés, considerado entonces como usura, era permitido hasta un 5 %.
La pequeña burguesía se sintió pronto a gusto con este arquetipo calvinista de ciudadano laborioso y ahorrador predestinado por Dios, y sociólogos como el alemán Max Weber han analizado esta circunstancia como una de las fuentes del capitalismo. En el ámbito político, la doctrina de la predestinación ha llevado en ocasiones a situaciones de segregación de aquellos no considerados "predestinados", mas por otro lado la adopción del régimen electivo calvinista ha favorecido la instauración de gobiernos democráticos.

Lutero y el luterismo.


La visita a Isabel se concluye con el cántico del Magnificat, un himno que atraviesa, como melodía perenne, todos los siglos cristianos: un himno que une los corazones de los discípulos de Cristo por encima de las divisiones históricas, que estamos comprometidos a superar con vistas a una comunión plena. En este clima ecuménico es hermoso recordar que Martín Lutero, en 1521, dedicó a este "santo cántico de la bienaventurada Madre de Dios" -como él decía- un célebre comentario. En él afirma que el himno "debería ser aprendido y guardado en la memoria por todos" puesto que "en el Magnificat María nos enseña cómo debemos amar y alabar a Dios... Ella quiere ser el ejemplo más grande de la gracia de Dios para impulsar a todos a la confianza y a la alabanza de la gracia divina" (M. Lutero, Scritti religiosi, a cargo de V. Vinay, Turín 1967, pp. 431 y 512).María celebra el primado de Dios y de su gracia que elige a los últimos y a los despreciados, a "los pobres del Señor", de los que habla el Antiguo Testamento; cambia su suerte y los introduce como protagonistas en la historia de la salvación.
San Lorenzo de Brindis
Con san Lorenzo de Brindis, Doctor Apostólico, la Orden capuchina alcanza una de sus cimas más altas y una de sus expresiones más completas. Robusta figura de orador y misionero, de escritor y polemista, de superior y diplomático, de contemplativo y místico, san Lorenzo encarna y compendia las características más bellas y originales, y los ideales más elevados de la reforma capuchina; y su figura se yergue precisamente al comienzo del siglo de oro de la Orden.
Los primeros años
San Lorenzo nació en Brindis, en Apulia, el 22 de julio de 1559, hijo de Guillermo Russo e Isabel Masella. Al día siguiente se le administró el bautismo en la catedral de la ciudad, y se le impuso el nombre de Julio César.
Poco se conoce de su infancia; pero es lo suficiente para que intuyamos en él un alma sensibilísima y dócil al toque de la gracia. Fallecido su padre, fue acogido por los menores conventuales entre los niños oblatos; dotado de una inteligencia pronta y vivaz, frecuentó su escuela con gran provecho.
Muerta más tarde también su madre, se trasladó, todavía adolescente, a Venecia, a casa de un tío sacerdote, que dirigía con seriedad y competencia una escuela privada; el tío supo comprender y alentar las profundas aspiraciones del muchacho hacia la perfección y santidad.
En Venecia tuvo la oportunidad de conocer y tratar a los capuchinos que vivían en un humilde convento cerca de la pequeña iglesia de Santa María de los Ángeles, en la isla de la Giudecca. Atraído por su vida austerísima y recogida, pidió la gracia de ingresar en la Orden.
Joven capuchino
Vistió el hábito religioso en Verona el 19 de febrero de 1575, recibiendo el nombre de fray Lorenzo. Tuvo algunas dificultades debidas a su delicada salud; con todo, superó felizmente y con intenso fervor el año de noviciado, bajo la dirección de religiosos prudentes y santos. El 24 de marzo de 1576 emitió la profesión religiosa.
Inmediatamente, comenzó los estudios de lógica en Padua, y después, en Venecia, los cursos de filosofía y teología. Su excepcional agudeza de mente y su insaciable sed de conocimientos lo estimularon a aplicarse con empeño a desentrañar los problemas del pensamiento humano y de la teología. Enamorado de la Sagrada Escritura, la estudió y la meditó de tal manera que llegó a sabérsela de memoria. Él mismo dijo confidencialmente a un religioso que, si por un imposible, la Biblia se perdiera, él sería capaz de re-escribirla toda completamente. Y no se contentó con el texto sagrado, sino que estudió por su cuenta las lenguas bíblicas, y las aprendió tan perfectamente que hasta los propios rabinos, que lo trataron más tarde, quedaron estupefactos.
No fue menor el interés con que se dedicó a la adquisición de las virtudes religiosas. La misma orientación bonaventuriana seguida entonces por los capuchinos en los estudios era la más propicia para la elevación del espíritu: la unción del alma y el fervor de la voluntad eran más importantes que la ilustración de la inteligencia y la adquisición del saber; más que a la verdad lógica, se rendía a la visión y a la experiencia mística.
Según atestiguan los condiscípulos de Lorenzo, ni él mismo sabía dónde terminaba el estudio y dónde comenzaba la oración. «Más que estudiar, parecía que oraba». Además del tiempo establecido para la oración común, dedicaba a la contemplación «muchas horas del día y de la noche». Después del rezo nocturno de maitines, frecuentemente se quedaba en la iglesia hasta el alba, especialmente los días que iba a comulgar.
Añadía a la oración mortificaciones y penitencias. Y no le bastaban las austeridades y rigores de la Orden, ya de por sí numerosos y severos, sino que se cargaba con otros todavía más exigentes, incluso con riesgo de su salud.
De este modo, con empeño y fervor excepcionales, se preparó intelectual y espiritualmente para el sacerdocio. Juan Trevisan, patriarca de Venecia, le confirió las sagradas órdenes el 18 de diciembre de 1582.
Predicador
La predicación fue la actividad que más larga e intensamente ejerció san Lorenzo durante su vida. Tenía tan alto concepto de la predicación que llegó a definirla: «Misión grande, más que humana, angélica, mejor divina», ya que tiene por objeto proclamar la palabra de Dios, que es «el tesoro que compendia todo bien». Otras actividades lo tuvieron ocupado períodos más o menos largos de su multiforme y ajetreada existencia; pero el ministerio de la palabra lo tuvo ocupado a lo largo de toda su vida sacerdotal. Mejor dicho, lo ocupó aun antes de ser sacerdote.
A instancias de sus maestros, había comenzado en Brindis a predicar pequeños sermones en la catedral de la ciudad y en otras partes. Más tarde, en 1582, todavía diácono, predicó una cuaresma completa en la iglesia de San Juan Nuevo, en el corazón de Venecia, a pocos pasos de la célebre plaza de San Marcos, y quienes le escucharon aseguran que despertó «gran admiración en toda la ciudad por la profundidad de los temas que predicaba»; y habló «con tanto celo, espíritu y fervor, que parecía salirse fuera de sí, y, llorando él, conmovía también al pueblo hasta las lágrimas». No sin motivo fue requerido inmediatamente para la cuaresma próxima en la misma iglesia.
Es sabido que en el siglo XVI, antes del concilio de Trento, la predicación dejaba mucho que desear, tanto por el contenido como por la forma. Según los historiadores parece que los predicadores no trataban de anunciar a Cristo y las verdades eternas. Contra este proceder reaccionaron decididamente los capuchinos desde sus comienzos y, ateniéndose a la letra de la Regla franciscana, volvieron al Evangelio en la forma y en el fondo. Y quizás es éste el principal motivo que dio a su predicación un amplio éxito en toda Italia.
La formación intelectual y espiritual de Lorenzo coincidió con aquel período en que el influjo y el fervor de los pioneros de la reforma capuchina se mantenían aún vivísimos, y en el que se resumían y sistematizaban las múltiples experiencias de la primera y segunda generación de la Orden.
Por otra parte, Lorenzo estaba dotado para la predicación de un conjunto de cualidades físicas e intelectuales capaces de convertirlo en un verdadero orador: robustez física y armonía de proporciones que le prestaban una belleza digna y varonil; gran riqueza de sentimientos y una espontánea distinción que atraían y a la vez imponían respeto y reverencia; una mirada luminosa y profunda capaz de traspasar y conmover a las almas; una voz que podía traducir las más delicadas vibraciones del espíritu y, a la vez, cuando era necesario, tronaba con fuerza y vehemencia; un gesto natural y enérgico que podía adoptar una expresión dramática.
No menos favorables eran sus dotes intelectuales: una memoria imborrable que le asistía siempre y donde quiera; una agilidad y lucidez de pensamiento y de palabra que le permitían improvisar con gran facilidad y eficacia; sólida preparación remota y una erudición tan amplia que suscitaban la admiración de cuantos le escuchaban. Su santidad manifiesta añadía a todo esto el acento de una profunda persuasión y una unción singular. Predicaba «con tanto amor de Dios que parecía derretirse; con tanto ardor contra el pecado que conmovía hasta las fibras más íntimas del corazón». Y con frecuencia las palabras iban acompañadas de lágrimas. Un testigo nos dice refiriéndose a un sermón predicado a los religiosos: «A todos nos hizo llorar, y él mismo lloraba a lágrima viva».
Se preparaba con prolongadas oraciones y penitencias. Cada sermón iba precedido de «tres horas seguidas de oración, con llantos y suspiros, de modo que empapaba hasta tres pañuelos». Meditaba en el evangelio de la fiesta o del día que tenía que predicar. «Nunca estudiaba otro libro que la Sagrada Escritura, arrodillado siempre ante una imagen de la Virgen bienaventurada, con lágrimas, sollozos y suspiros...; y a medida que Dios le inspiraba, mientras estaba de rodillas, escribía las ideas que luego predicaba, sin estudiar otro libro. Y levantándose de la oración, hacía una profundísima adoración a la bienaventurada Virgen. Y su comida de cuaresma se reducía a hierbas cocidas, y ensalada con algún rábano y, a veces, un poco de pescado». Este es el testimonio de uno que vivió cerca de él durante muchos años. Hoy tenemos la suerte de poder leer las «anotaciones» que el santo escribía durante su oración, y constituyen la parte más notable de sus escritos. Son reflexiones riquísimas y muy atinadas sobre los evangelios de cuaresma, del adviento, de los domingos, de las fiestas de los santos y de la Virgen.
Después de todo lo dicho, no nos maravilla que las gentes corriesen en masa a escucharle y que las iglesias fuesen insuficientes para tanta multitud. Las conversiones, clamorosas a veces, se multiplicaban a su paso.
Además de dirigirse a los cristianos, Lorenzo tenía un interés especial en dedicarse a los hebreos; y éste fue un aspecto característico de su actividad apostólica. Sabemos que, especialmente al comienzo de la segunda mitad del siglo XVI, esta forma de apostolado era muy recomendada y hasta urgida por los sumos pontífices y por las disposiciones sinodales; pero no era muy practicada por falta de personas preparadas. San Lorenzo, en cambio, estaba perfectamente equipado gracias a su profundo conocimiento de la Biblia, de las lenguas escriturísticas y de los escritos talmúdicos y rabínicos. A esto se dedicó por propia iniciativa desde joven en Venecia y dondequiera que se le presentaba ocasión. Más tarde, de 1592 a 1594, por encargo de la autoridad pontificia, predicó a los judíos de la misma ciudad de Roma. Pero lo más importante es que demostró siempre gran paciencia y caridad, aun cuando la actitud de sus oyentes no fuese siempre, como es natural, la más propicia para captar la benevolencia del predicador. Tampoco entre los judíos faltaron las conversiones.
Primeros cargos
Fue la predicación lo que más contribuyó a que Lorenzo fuera conocido más allá de las fronteras de la región veneciana.
Después de haber ejercido el oficio de "lector" durante un trienio (1583-1586), y de desempeñar durante otros tres años (1586-1589) los cargos de guardián y de maestro de novicios, el año 1589 fue llamado a predicar la cuaresma en la ciudad de Consenza, en Calabria. Después el general de la Orden, padre Jerónimo de Pilizzi, no le permitió volver a su provincia porque quería tenerlo como colaborador.
Por aquellos años se debatía una sorda lucha entre el general de la Orden y el cardenal protector Julio Antonio Santori, porque este último pretendía inmiscuirse en el gobierno de los religiosos, provocando inquietudes y desórdenes. En la lucha se vio envuelto también Lorenzo, a quien el padre general encargó un cometido que exigía rapidez y decisión, y que Lorenzo llevó a cabo del mejor modo posible, ganándose cada vez más la confianza y la estima del superior.
Y quizás por este motivo fue elegido, al final del mismo año, vicario provincial de Toscana, en contra de la voluntad del cardenal protector.
Había comenzado ya el camino de los «honores» y, bien que a su pesar, tuvo que recorrerlo hasta el fin. De 1594 a 1597 fue provincial de Venecia, y en 1598 fue elegido provincial de Suiza. Además, el año 1596 fue nombrado definidor general.
Misionero
En 1593, por las constantes peticiones del archiduque Fernando de Austria y su mujer Ana Catalina de Gonzaga, se había fundado un convento de capuchinos en Innsbruck, capital del Tirol. Era el primer paso de la Orden hacia el centro de Europa, hacia el corazón del Sacro Romano Imperio. Tres años después, en 1596, fue Lorenzo, a la sazón provincial de Venecia, quien dio el segundo paso, aceptando una nueva fundación en Salzburgo por invitación del príncipe arzobispo Wolfgang Teodorico von Raitenau.
Las dos casas religiosas dependían de la provincia de Venecia, y era presumible que otras nuevas fundaciones surgirían en breve. Por eso era oportuno prepararse para una cadena de conventos que, a través del valle del Adigio, uniese el Véneto con el Trentino y el Tirol. Fue precisamente Lorenzo quien inició esa cadena. Ya existía un convento en Rovereto; él aceptó otro en Trento en 1597, y quizás se interesó también por otras fundaciones.
Los países del centro de Europa entraron definitivamente dentro del radio de acción de la Orden en 1599, cuando san Lorenzo recibió el encargo de conducir allá a un grupo de doce misioneros.
Desde hacía algunos años llegaban de aquellos países peticiones cada vez más insistentes de misioneros capuchinos. La más reciente era la del arzobispo de Praga Zbynek Berka von Duba. Angustiado por las desoladoras condiciones religiosas de su diócesis y de sus fieles, acosados por el recrudecimiento de la herejía, y completamente abandonados por un clero negligente y escandaloso, el prelado no veía otra salvación que la vida ejemplar y el celo apostólico de los capuchinos.
Hay que reconocer que las condiciones político-religiosas de Bohemia y, en general, del Imperio, bajo el acoso de los herejes, eran cada vez más preocupantes; sobre todo por la debilidad y el descuido del emperador Rodolfo II y por la ineficacia de sus ministros. No menos deplorables eran las condiciones intelectuales y morales del clero tanto diocesano como regular. Existía el serio peligro de que el catolicismo fuera definitivamente arrollado y desapareciese del todo en aquellos países.
La presión de los herejes se sentía de modo particular en Praga, sede de Rodolfo II y capital del Imperio. Por fortuna estaban allí los jesuitas, quienes con su colegio, el Clementinum, constituían desde 1556 un vigoroso baluarte; pero eran insuficientes para tantas necesidades. Así se explica que el pensamiento del arzobispo Zbynek se volviese con esperanza hacia los capuchinos, quienes al final del siglo XVI eran, junto con los jesuitas, los misioneros más prestigiosos y renombrados de Europa, y los más fieles portaestandartes de la ofensiva católica contra la invasión de la herejía.
Pero el envío de religiosos a lugares tan lejanos y diferentes planteaba problemas nuevos y muy graves; y los superiores estaban indecisos. Una orden de Clemente VII despejó las dudas. Así en el capítulo general de 1599 Lorenzo, que había sido reelegido definidor, fue encargado de guiar al otro lado de los Alpes a un puñado de hermanos elegidos de varias provincias.
A principios de julio partió a pie y, atravesando el Tirol, llegó a Viena el día 28 de agosto. Aquí, a causa de las penurias padecidas en el camino, cayó enfermo con casi todos sus compañeros; y como en el país se propagaba la peste, se sospechó que también ellos estaban contagiados; y se vieron abandonados y rechazados por todos, en un estado de suma indigencia. Pero habría hecho falta mucho más para acobardar a quien llegaba con la esperanza de padecer el martirio por amor a Cristo. Sanaron por fin, y, a principios de noviembre, emprendieron el camino hacia Praga, recibidos en todas partes con injurias, insultos, improperios y pedradas. No les preocupó el recibimiento; ya se lo esperaban de una gente en gran parte herética y acaloradamente anticatólica, y que se sentía más audaz y descarada por la ausencia del emperador y de casi todas las autoridades. Estas se habían refugiado en Pilsen, aterrorizadas por el espectro de la peste, que en los meses anteriores se había acrecentado y que todavía no acababa de extinguirse.
Uno de los pocos que acogió humanitariamente a los capuchinos fue el arzobispo, que los alojó provisionalmente en un hospital diocesano con iglesia. Aquí, sin perder tiempo y sin dejarse intimidar ni por los hombres, ni por el contagio, ni por el frío «que fue rigurosísimo aquel año», Lorenzo, ayudado por sus hermanos, comenzó una intensa actividad y, especialmente con su predicación, empezó pronto a atraerse un número siempre creciente de personas. Entraba también en las casas de los católicos donde sabía que podía encontrar algunos herejes, y, en diálogo abierto y familiar, dilucidaba la verdad y disipaba las dudas, facilitando el retorno a la fe católica.
En contrapartida, se agudizaba la hostilidad de los adversarios. Cuando salían de casa, los frailes tenían que encomendar su alma a Dios. «Cada día -cuenta uno de ellos-, cuando se iba afuera, se volvía a casa con muchas pedradas y muchas veces con las cabezas rotas. También a su persona (la de Lorenzo) descalabraron los herejes y tiraron por tierra». Todavía no era el martirio, pero faltaba poco. Lo peor vino más tarde, cuando los herejes lograron infundir en la mente del emperador graves sospechas contra los religiosos, que estuvieron a punto de ser expulsados de Bohemia. Pero, gracias a Dios, al final se arregló todo, y los capuchinos pudieron construir su convento cerca del palacio imperial, desarrollando con renovado celo su misión pastoral.
Lorenzo fundó al año siguiente (1600) un segundo convento en Viena y otro en Graz, en la Stiria: tres conventos que, andando el tiempo, serían el centro de tres provincias religiosas.
Alba Real
Contribuyó mucho a acrecentar el prestigio del santo y a suscitar nuevas simpatías hacia los capuchinos la intervención de san Lorenzo en la victoria del ejército imperial contra los turcos en Hungría en octubre de 1601.
Ya desde 1593 el emperador se encontraba en guerra con la Medialuna. La lucha proseguía con diversa fortuna, dirigida por jefes mediocres y cobardes. El archiduque Matías, hermano de Rodolfo II, se destacaba entre todos por su ineptitud, impericia militar y falta de prestigio. Y era precisamente el archiduque quien estaba en 1601 al mando del ejército imperial.
Por suerte, a mediados de septiembre, una partida de soldados consiguió apoderarse de Alba Real, antigua sede de los reyes húngaros, y ciudad que se encontraba en el centro de aquella región. Tal pérdida dolió a los turcos como un hierro ardiente en carne viva y mandaron contra el lugar todas las tropas disponibles. Así, a principios de octubre, frente a los imperiales, que podrían sumar de 16 a 18.000 hombres, se presentaron no menos de 60.000 turcos, armados hasta los dientes.
El choque, que pudo ser un desastre para los imperiales, se convirtió en un éxito. El mérito principal no fue ciertamente de los jefes militares, irresolutos e incapaces como siempre; sino que, a juicio de los entendidos, el triunfo debe atribuirse en buena parte a san Lorenzo. Desde que llegó al campamento, aunque al principio fue acogido con silbidos y escarnios por una parte de la soldadesca, no cesó de inflamar con ardorosos discursos a las tropas cristianas desmoralizadas; llegado el momento, acompañaba a los combatientes en los mayores peligros; algunas veces iba intrépidamente por delante, con el crucifijo en la mano, bendiciéndolos e invocando los nombres de Jesús y María. Parecía invulnerable, incluso cuando estaba cercado por una nube de saetas y proyectiles enemigos; ni los golpes de las cimitarras podían con él. Por todas partes le arropaba una fuerza invisible. El consejero imperial de guerra, Jerónimo Dentico, experto en asuntos militares, escribe en una relación oficial al nuncio pontificio: «Estaba aquel buen padre con ánimo intrepidísimo y firmísimo, como lo haría el mejor soldado y el más curtido del mundo». Y añadía que la victoria tenía algo de milagroso, y que todo había que atribuirlo a las oraciones de los buenos «y a las de este buen padre siervo de Dios que está con nosotros, como ya lo dice todo este ejército, incluidos los herejes más principales».
En cuanto a los herejes, algunos de ellos quedaron tan impresionados de cuanto sucedió en torno a Lorenzo que se convirtieron al catolicismo. Dejando de lado otros testimonios, bastará decir que el mismo santo, más tarde, reconoció que «verdaderamente Dios nuestro Señor había obrado cosas tan maravillosas que se podían parangonar con las maravillas que se cuentan en la Escritura».
El general santo
Algunos meses después de estos sucesos, Lorenzo, vuelto a Italia, fue elegido general de la Orden (24 de mayo de 1602). Con esta elección los religiosos le daban una gran prueba de estima, pero le cargaban con un pesado cometido: visitar todas las provincias, especialmente las transalpinas, que desde hacía mucho tiempo esperaban la visita de un padre general. Solamente otro superior, Jerónimo de Sorbo, había logrado hacer algo parecido; pero en un tiempo en que la Orden tenía una extensión más reducida, y valiéndose, con las debidas licencias, de una cabalgadura.
Ahora, en 1602, los capuchinos estaban repartidos en treinta provincias con casi nueve mil religiosos, diseminados por gran parte de la Europa católica. Lorenzo debía visitarlos a todos, en un solo trienio, viajando siempre a pie. Era una empresa ardua incluso para él, aunque sólo tuviera cuarenta y tres años.
Terminados los trabajos capitulares, sin pérdida de tiempo, se puso en camino. Recorrió el norte de Italia, visitó Suiza, pasó por el Franco Condado y Lorena y, en la segunda mitad de septiembre se encontraba ya en los Países Bajos, en Bruselas y Amberes. Después, sin desanimarse por los malos caminos, los hielos invernales y la nieve, continuó su marcha, visitando las amplísimas provincias de Francia: París, Lyon, Marsella y Toulouse. En la primavera de 1603, se encontraba entre los capuchinos de España, dispersos en un extenso territorio, que iba desde Rosellón a Valencia, de Cataluña a Aragón; y el día 20 de junio celebraba capítulo provincial en Barcelona.
En menos de un año había terminado la parte más difícil y pesada del cargo que se le había confiado: la visita de las provincias transalpinas.
Vuelto a Italia, se detuvo brevemente en Génova; después, en septiembre, llegaba a Sicilia, de donde subió a la Península, continuando sus visitas. Las únicas provincias que no llegó a visitar personalmente fueron las de Bolonia, Milán y Venecia. Después de todo esto, a comienzos de 1605, todavía tuvo tiempo para bajar a Nápoles a predicar diariamente la cuaresma en la iglesia del Espíritu Santo; y no se contentó con un solo sermón al día, sino que quiso predicar también por la tarde, sobre el Ave María, para difundir más la devoción a la Virgen.
Su recorrido fue verdaderamente gigantesco, de miles y miles de kilómetros, siempre a pie, en verano y en invierno, bajo el golpeteo de la lluvia o el azote del sol, atravesando ríos y cenagales, montes y llanuras, nieves y hielos, sin un momento de reposo. Un compañero de viaje afirma: «Anduvo siempre a pie; ni siquiera quería pasar a caballo los ríos, donde una vez casi nos ahogamos todos; y él siempre alegre». A veces recorría en un solo día más de veinticinco y treinta millas. Sólo un obstáculo era capaz de detenerlo: la enfermedad que, a veces, lo redujo a punto de muerte. Pero aun entonces, en cuanto podía ponerse en pie, reemprendía audazmente el viaje.
Por penosas que fuesen las caminatas, continuaba observando rigurosamente las severas costumbres de la Orden, los prolongados ayunos y las rigurosas abstinencias. A veces llegaba agotado a los conventos, en un estado que daba pena. Y ni aun entonces aceptaba distinciones ni tratos de favor. En la mesa no quería más que la comida común; como lecho, el jergón de paja, y por la noche se levantaba a maitines. Un compañero suyo nos cuenta: «Yo que sentía tanto cansancio y que me parecía imposible ir a maitines después de tanto viaje, me levantaba para ver qué haría el padre general, e infaliblemente lo encontraba en el coro para maitines y la oración».
Es natural que semejantes ejemplos suscitasen la admiración y el asombro de los religiosos y de sus propios compañeros de viaje. Era también admirable su trato con todos los hermanos, su cariño y solicitud incluso para el último fraile del convento; su humildad que lo llevaba a lavar los cacharros de la cocina. Dedicaba un afecto especial a los enfermos y se enternecía ante sus sufrimientos, «y hacía todo lo posible para ayudar y consolar a las personas dolientes».
Pero a él, general de la Orden, no podía bastarle el ejemplo. El cargo que desempeñaba lo impulsaba a ser el custodio del espíritu de san Francisco. Las Ordenaciones que dejó en varios lugares nos demuestran cuán vivo llevaba ese espíritu en el corazón. Era constante, enérgico, insistente su llamada a la observancia de la Regla y Constituciones, a las austeridades tradicionales de la Orden, especialmente a la pobreza más rigurosa. Y contra quien faltaba demasiado fácilmente sabía mostrarse hombre enérgico, especialmente si se trataba de superiores. «Tenía tacto con grandes y pequeños, abrazando y favoreciendo a los hermanos fervorosos y que juzgaba útiles en la Orden, y reprendiendo con energía a quienes no consideraba tales, aunque se tratase de padres de importancia». Sus exhortaciones eran conmovedoras. «En sus pláticas parecía que el corazón se le salía del pecho». Todo esto, unido a los prestigios que se sucedían a su paso, explicaba suficientemente que fuese llamado por todos el general santo.
Polemista
Al terminar su generalato (27 de mayo de 1605) no permaneció san Lorenzo mucho tiempo inactivo. En Praga había dejado una huella profunda, y muchos deseaban su regreso. Recurrieron al papa Pablo V, quien a principios de 1606 le ordenó encaminarse hacia el norte.
Pasando por el Tirol, llegó a Munich, donde conoció personalmente a Maximiliano el Grande, duque de Baviera y cabeza de los católicos alemanes. Fue el primer encuentro de dos grandes espíritus, llamados a comprenderse, a estimarse recíprocamente y a cooperar activamente en favor de la Iglesia católica en el Imperio.
A su llegada a Praga, Lorenzo fue acogido con calurosas manifestaciones de simpatía y se consagró celosamente a la predicación. No se trataba de una actividad de poca monta. La iglesia y el convento de capuchinos se encontraban junto a la residencia del emperador y se habían convertido en lugar de encuentro para diplomáticos y embajadores, ministros y cortesanos, quienes, después de las funciones religiosas, se detenían con discreción para tratar sus asuntos sin llamar la atención. En la iglesia de capuchinos tenían su propio puesto el nuncio apostólico, los ministros católicos y los embajadores. Por eso predicar desde aquel púlpito equivalía a predicar a los principales personajes de la política imperial y a los representantes de los príncipes católicos de Europa; y las palabras que allí se pronunciaban podían tener una enorme resonancia, como se puede comprobar hoy examinando los despachos que aquellos años llegaban desde Praga a las cancillerías de Venecia, Florencia, Roma, Madrid, etc. Ahora bien, si había un hombre que por la competencia teológica, la valentía oratoria y la creciente fama de santidad podía subir dignamente a aquel púlpito, éste era sin duda Lorenzo de Brindis. Y una voz como la suya, en aquellos momentos, era ciertamente providencial. No eran tiempos fáciles para el catolicismo. Aprovechándose de la debilidad del emperador y del apoyo más o menos descubierto de los ministros y otros personajes, los herejes ejercían crecientes presiones en detrimento de los católicos. Pero Lorenzo, que tenía sus informadores, lograba estar al tanto de cualquier maquinación, y no tenía empacho en denunciar desde el púlpito todo tipo de concesiones y compromisos.
A él se debe en gran parte el mérito de que en diciembre de 1607 se publicase el bando imperial contra la ciudad de Donauwörth que, desde hacía tiempo, conculcaba los derechos de los católicos. El duque de Baviera fue el encargado de ejecutarlo y procedió con mucha decisión y rapidez. «Todos supieron que no se habría hecho nada de no estar en Praga fray Lorenzo, quien, con gran bochorno de los ministros del emperador, les echó en cara repetidas veces desde el púlpito el poco celo que tenían de la religión católica».
No menos vigorosa fue su intervención en julio del mismo año durante la visita que hizo al emperador el duque de Sajonia Cristián II.
Entre las cuatrocientas personas de su séquito se encontraba el predicador áulico, Policarpo Laiser, uno de los más conocidos teólogos y de los más afamados representantes de la reforma luterana. Según las prescripciones entonces en vigor, en Praga y en toda Bohemia, no se admitían más que dos confesiones religiosas: la católica y la husita. No obstante, Laiser quiso predicar dos veces desde las ventanas del palacio en que se hospedaba. Las dos prédicas, convenientemente anunciadas de antemano a bombo y platillo, metieron ruido porque trataban de la salvación sin necesidad de buenas obras y de la justificación: dos temas particularmente gratos para los luteranos. Se trataba de un descarado desafío a los católicos. «Me sentí abrasado de tanto celo que no supe contenerme», escribe Lorenzo. Contraatacó a su manera con fuerza y vehemencia. «Llevó al púlpito la Biblia en tres lenguas (hebreo, caldeo y griego), y al final del sermón dijo: Quiero que sepáis qué clase de gran hombre es ese charlatán que ha tenido la osadía de predicar contra nuestra religión católica... Coged estos libros...; veréis que ni siquiera sabrá leerlos». Y con gesto enérgico los lanzó en medio del auditorio. La impresión fue enorme; el secretario imperial, Juan Barvizio, recogió los volúmenes para llevárselos a Laiser. Pero éste no aceptó el reto y, «más mudo que un pez», se batió en retirada. Más tarde, en Dresde, para remediar el descalabro sufrido, dio a la imprenta los dos sermones, precedidos de un prólogo y seguidos de un epílogo, en los que atacaba personalmente al capuchino y a un padre jesuita.
Lorenzo tomó rápidamente la pluma y escribió un esbozo de respuesta, que llamó Apologeticum. Pero poco a poco el trabajo fue engrosando hasta convertirse en una refutación universal, viva y palpitante, aunque sintética, de todo el luteranismo y sus errores: la Lutheranismi hypotyposis. Trabajó activamente, y para finales de 1608 la obra estaba ya ultimada en sus líneas generales. Por desgracia nunca pudo darle la última mano ni llegó a imprimirla por contratiempos que luego veremos y por la muerte de Laiser; no quería dar la impresión de «combatir contra los muertos ni pelear contra sombras».
La elaboración de su importante y genial obra, que lo tuvo ocupado varios meses, no le impidió ejercer el ministerio de la predicación que por su calidad se hacía cada vez más importante. Y a la predicación añadía la obra de persuasión mediante entrevistas personales y coloquios frecuentes, que sostenía con los principales personajes de la corte y de la política. Además hay que contar el nombramiento de comisario o superior de sus religiosos, en la primavera de 1608. Tenía el encargo de separar de la misión los conventos de Stiria, erigiéndolos en comisariato independiente: el comisariato de Graz.
Las denuncias y críticas de Lorenzo no bastaban para mover la oxidada y casi paralizada máquina del gobierno imperial. A la indolencia de Rodolfo II se contraponía el dinamismo creciente de los calvinistas que, dirigidos por el elector palatino Federico IV, se habían coaligado secretamente en la Unión evangélica. La situación se tornó más grave todavía cuando en abril de 1608, el archiduque Matías se levantó contra su hermano Rodolfo II, obligándole a cederle las provincias de Austria y Moravia y la corona real de Hungría. Los protestantes aprovecharon la ocasión para sacar la mayor tajada posible, y arrancaron al archiduque concesiones cada vez más perjudiciales para la Iglesia católica. Peor todavía: muerto sin herederos el príncipe Juan Guillermo von Mark, quedaban vacantes los ducados de Jülich, Cleves y Berg. Emplazados entre Francia, Países Bajos y Alemania meridional, estos territorios se encontraban en una posición estratégica y delicada. Enrique IV, rey de Francia, estaba dispuesto a todo con tal de que no cayeran en manos de los Habsburgo; por eso daba todo su apoyo a los calvinistas.
Ante tan grave situación, el duque de Baviera decidió no esperar la catástrofe cruzado de manos. Mientras trabajaba secretamente organizando una Liga de príncipes católicos para contrarrestar la Unión evangélica, pensó enviar a España y a Roma un embajador que solicitara el apoyo financiero y militar de Felipe III y Pablo V. El embajador fue Lorenzo de Brindis, con quien el duque, ya de tiempo atrás, mantenía una asidua y confidencial correspondencia. El duque sabía, por experiencia personal, que el capuchino estaba «informadísimo» de los asuntos de Alemania, que conocía hasta los «últimos entresijos», y por lo tanto estaba capacitado para informar adecuadamente al rey de España. Además, su gran prestigio y su fuerza de persuasión le abrirían muchas puertas en Madrid. Y el nuncio de Praga estaba de acuerdo con Maximiliano.
Lorenzo fue llamado a Munich. Después de haberse entendido perfectamente con el duque y con las debidas licencias, partió para Génova y se embarcó rumbo a España. Llegó a Madrid el día 10 de septiembre.
Bien pronto, como lo había previsto el duque, Lorenzo se ganó la benevolencia de todos, especialmente del rey y de la reina, a quienes podía visitar libremente cuando quería; otras veces eran los reyes mismos quienes lo llamaban. Así, superadas todas las dificultades, consiguió cuanto pedía: 300.000 ducados anuales para la Liga católica y el compromiso por parte del rey de pertenecer a la misma. Consiguió además algo que no habían logrado todavía sus hermanos de hábito: la fundación de un convento de capuchinos en Madrid.
Partió para Roma. Llegó a principios de febrero de 1610. Aquí se encontró con los enviados de los príncipes alemanes, y junto con ellos consiguió del papa una promesa firme de ayudar a la Liga. Similares propósitos obtuvo a continuación en Florencia, Módena y Parma. A finales de mayo estaba de regreso en Alemania, donde tuvo que trabajar durante otros dos meses como embajador volante entre Munich y Praga para solucionar algunas graves dificultades que habían surgido entre tanto; sólo a mediados de agosto se pudo decir que la Liga católica estaba consolidada. Maximiliano y los príncipes católicos podían estar seguros de haber plantado un firme puntal contra la superchería de los herejes y el progresivo deterioro del catolicismo en el Imperio. En cuanto a la intervención de Lorenzo, confesó el duque de Baviera que «toda Alemania y la cristiandad entera debían agradecer al padre Brindis, porque gracias a él se había formado la Liga católica de la que había derivado tanto provecho».
En los tres años siguientes, a requerimiento de Maximiliano y por mandato de Pablo V, san Lorenzo tuvo que permanecer en Munich y desempeñar ante el duque, aun sin ostentar el título oficial, el cargo de representante de la Santa Sede o nuncio papal. Su amistad con Maximiliano fue cada vez más íntima y se convirtió en una verdadera paternidad espiritual. No había asunto grande o pequeño, privado o público, religioso o político que el duque no lo tratara confidencialmente con él. El convento de capuchinos se alzaba sobre un baluarte de los muros de la ciudad y, mediante un pasadizo subterráneo, comunicaba con el palacio ducal. Por él pasaba Maximiliano cuando iba a consultar a san Lorenzo o a asistir, cada vez con más frecuencia, junto con su esposa, a la misa que celebraba el santo en un oratorio privado: una misa que duraba horas.
La presencia de Lorenzo en Munich, en una época en la que Baviera adquiría cada vez más importancia y se convertía en el eje de la defensa católica en el Imperio, resultó providencial, especialmente en ciertas cuestiones graves, y proporcionó notables beneficios tanto a la Santa Sede como al mismo duque.
Maximiliano habría querido tener más tiempo a su amigo a su lado; pero Lorenzo, en la primavera de 1613, regresó a Italia para tomar parte en el capítulo general y, por varias razones, no volvió a cruzar los Alpes. Los países septentrionales por su clima frío e inclemente no sentaban bien a su ya avanzada edad, aquejada de indisposiciones cada vez más graves, con frecuentes e implacables ataques de gota que le afectaban a pies y manos, que le hacían gritar de dolor.
Nuevos encargos y nuevas cruces
En el capítulo general de 1613 fue elegido definidor por tercera vez y enviado a visitar la provincia de Génova.
Esta provincia comprendía también la Liguria y el Piamonte, es decir, cobijaba religiosos de índole muy diferente que pertenecían a dos estados distintos. Esto explica que en el interior de los conventos hubiera cierta desazón, aumentada por el hecho de que los capuchinos piamonteses, o mejor, algunos de los más exaltados, estaban decididos a erigirse en provincia autónoma; para conseguirlo habían recurrido a su soberano Carlos Emanuel I de Saboya. Este estuvo muy decidido a apoyar la iniciativa e hizo saber a los superiores que en su Estado no quería saber nada de «extranjeros», es decir, frailes ligures.
Pero el capítulo general de 1613 no había permitido la desmembración y por toda respuesta envió a san Lorenzo como visitador. Después de recorrer la provincia, dándose cuenta del problema, convocó capítulo provincial en Pavía para el 13 de septiembre. Los religiosos, que en su mayoría estaban por la paz y la concordia, y que habían podido admirar el equilibrio y la virtud del visitador, pensaron que era él el más capaz para gobernarlos en aquellas difíciles circunstancias. Y contra su expresa voluntad, lo nombraron superior a viva voz y casi por unanimidad. A sus protestas respondieron entonando el Te Deum.
Quien no cantó el Te Deum fue el duque de Saboya. Indignado por la fallida erección de la provincia, prohibió al nuevo superior pisar su territorio y cerró la entrada a los religiosos ligures. De hecho, durante todo el trienio, Lorenzo no pudo dirigirse allá. Esta contrariedad, y otras que le ocasionaron los «independentistas», fue la cruz más pesada que tuvo que llevar durante estos años. Los habitantes de la Rivera trataron de resarcirle de esta pena; siempre y en todas partes lo acogían con manifestaciones de veneración; acudían en masa a escuchar su palabra, especialmente cuando predicó la cuaresma en la catedral de Génova. Por lo demás, no es de extrañar que la gente se apiñase en torno a un hombre a cuyo paso las gracias y portentos florecían prodigiosamente.
El santo franciscano
Al terminar su provincialato en la Liguria, en agosto de 1616, regresó Lorenzo a su provincia de Venecia y pudo por fin gozar de un intervalo de tranquilidad y de paz.
Después de haberse detenido algún tiempo en Verona, se retiró a Bassano, al pie del gigantesco macizo de Grappa, donde se enfrascó enteramente en las cosas de Dios. Pero para conocer mejor su vida en este tiempo feliz y para comprender el secreto de toda su existencia y de su actividad, es oportuno recoger, aunque sea de pasada, alguna de las características fundamentales de su espiritualidad y santidad.
Ante todo, no hay duda de que san Lorenzo fue un santo enteramente franciscano. Crecido desde joven entre los capuchinos, asimiló íntegramente la espiritualidad cristocéntrica y templó su espíritu en el clima de fervor suscitado en el Véneto por los iniciadores de la nueva reforma franciscana.
Enamorado de la pobreza como Francisco de Asís, la practicó sin componendas; cuando fue superior, se preocupó de su más estricta observancia, aceptando y haciendo aceptar todos los sacrificios y renuncias que comporta. Esto no le impidió mostrarse caritativo con sus hermanos. Durante su provincialato en Venecia (1594-1597) le llamaban «el consuelo de todos los religiosos». Y tampoco fue óbice para estar siempre alegre. «En todos sus rigores y asperezas -asegura uno de sus compañeros- se manifestaba siempre alegre»; «pero era una alegría que arrastraba a la devoción, viendo con qué sencillez, sinceridad y pureza trataba».
Con el mismo empeño practicaba la pobreza interior que consiste en la humildad. Nunca hablaba de sí mismo; había que tirarle de la lengua para que soltase prenda. En cuanto a su ciencia sagrada, «si no era provocado y más que provocado, no decía ni una palabra que diese a entender que sabía algo». Sufría profundamente al verse aclamado por las gentes, tenido por santo, promovido a los más altos cargos de la Orden. De haber dependido de su voluntad, habría vivido completamente feliz en la obediencia. Fray Juan de Monteforte, que le asistió en la última etapa de su vida, asegura que, aun siendo definidor general, «se me sometía y quería hacer mi voluntad y no la suya, y lo hacía con tal humildad que causaba asombro».
Pero la nota que caracteriza mejor su espiritualidad y su personalidad es su riqueza de sentimiento y su capacidad de amor que parecen no tener límites.
Todavía adolescente, en Venecia, en casa de su tío sacerdote, su contemplación iba acompañada de impresionantes fenómenos místicos y de incontenibles efusiones de afecto y de lágrimas. Más tarde, entre los capuchinos, especialmente en su edad madura, cuando se ponía en oración, daba la sensación de estar arrebatado por una fuerza irresistible: la cara se le encendía poco a poco, respiraba con dificultad como sacudido por una violencia misteriosa; de pronto, los suspiros y gemidos se convertían en una respiración de fuego e, incapaz de contenerse, prorrumpía en auténticos gritos de júbilo o de dolor, de amor y de ternura, de tal manera que «parecía que le estallaba el corazón en pedazos; y los gritos no eran escuchados solamente por los frailes, sino también por los seglares».
Había especialmente dos realidades sobre las que volcaba el torrente de su amor y que manifestaban su espiritualidad eminentemente cristocéntrica: la santa misa y la madre de Dios.
En cuanto a la misa, puede decirse que san Lorenzo constituye un fenómeno único en la historia de la hagiografía. Después de su ordenación sacerdotal y, especialmente a partir de los cuarenta años, fue sucesivamente prolongando el tiempo de la celebración hasta una, dos y tres horas. Obtenido más tarde un permiso de Pablo V, la prolongaba cada vez más, hasta ocho, diez y más de doce horas. También cuando la gota lo torturaba hasta el punto de impedirle apoyar los pies en el suelo -y después de 1613 esto le sucedía con frecuencia-, se hacía llevar en volandas al altar, donde parecía recobrar las fuerzas, y allí permanecía dos, tres, cuatro horas. Durante todo este tiempo se abandonaba a fervores incontenibles, prorrumpiendo en exclamaciones y ardientes invocaciones, de modo que parecía sacudido en todo su ser, y se le oía desde muy lejos aun celebrando en lugares cerrados. Recurriendo a las palabras de quien lo conoció, parecía «que el aire abrasaba a su alrededor». También: «Parecía que se quemaba todo y, suspirando, lanzaba como llamas que hacían arder el corazón de los que estaban presentes». Frecuentemente caía en manifestaciones ingenuas y conmovedoras: «¡Oh, oh, Jesús, María!», exclamaba; y aplaudía y, «como ebrio del amor divino, prorrumpía a veces en palabras como si hablase con Jesucristo o con su santísima Madre». Y no hablemos de la abundancia de sus lágrimas, que era tal que empapaba cuatro, seis y más pañuelos; bañaba también los ornamentos, el corporal y los manteles del altar. Y después de la misa se entretenía durante algunas horas en ardiente acción de gracias.
No menos profundo y ardoroso era el amor que profesaba a la madre de Dios. Celebraba casi siempre la misa de la Virgen y a ella atribuía todos los dones y gracias. Hablaba de Ella como un serafín y se llenaba de gozo con sólo pensar en Ella. Durante los viajes, «cantaba loas a la Virgen y en particular la de Petrarca Vergine bella, o el Stabat Mater, o las letanías lauretanas, con tanto sentimiento que muchas veces andaba como fuera de sí». Hemos visto cómo en Nápoles, en 1605, además del sermón cuaresmal de la mañana, predicó otro por la tarde para ganar nuevos devotos de la Virgen. Es superfluo recordar las mortificaciones y demás obsequios que le ofrecía, especialmente los sábados y la víspera de sus festividades. Cuando se le presentaba la ocasión de visitar algún santuario no dejaba de aprovecharla. Sentía particular devoción por el santuario de Loreto, en el que pasó una cuaresma completa el año 1602, antes de ser elegido general de la Orden, y al que retornó en 1605, al término del pesado cargo. También las bendiciones prodigiosas que impartía a todos, especialmente a los enfermos, las daba siempre en el nombre de la Virgen; y en su honor escribió una de sus obras más hermosas: el Mariale, donde no hay dogma, privilegio o tema mariano que no toque, aclare o defienda. Y lo hace con su estilo peculiar: con claridad y equilibrio, con apasionado amor y entusiasmo poético.
Mediador de paz
San Lorenzo tuvo que interrumpir su tranquilo retiro de Bassano por mandato del papa, que lo enviaba a Milán como mediador de paz.
No era la primera vez que debía asumir el papel de pacificador. En noviembre de 1614, para ahorrar a los ciudadanos sufrimientos inútiles, se había ofrecido para acordar la rendición de los piamonteses fortificados en Oneglia, asediados por los españoles. Dos años más tarde, por deseos del legado pontificio Alejandro Ludovisi (el futuro Papa Gregorio XV) intervino ante Candia Lomellina para buscar un acuerdo entre españoles y piamonteses, aunque el intento falló a causa de los últimos.
Ahora, a principios de 1618, recibía la orden de dirigirse a Milán para convencer al gobernador español don Pedro de Toledo, para que aceptase la paz con Carlos Emanuel I, restituyéndole la plaza fuerte de Vercelli. No fue tarea fácil persuadir al astuto y caprichoso gobernador; pero al fin, con su prestigio, su tacto y su santidad, consiguió lo que otros muchos habían intentado en vano.
Mucho más dramáticas fueron las circunstancias en las que se vio envuelto durante el otoño del mismo año, al intentar restablecer la serenidad y la paz en el reino de Nápoles.
Después de ser reelegido definidor en el capítulo general (Roma, 1 de junio de 1618), bajó a Nápoles desde donde pensaba dirigirse a Brindis, su ciudad natal, para visitar un monasterio de clarisas que el duque de Baviera había mandado edificar sobre su casa paterna.
A la sazón era virrey de Nápoles don Pedro Téllez de Girón, duque de Osuna, hombre de grandes cualidades, pero también de grandísimos defectos: impulsivo, libidinoso, bravucón, desmedidamente ambicioso y de una prepotencia y desenfreno sin límites. Con su comportamiento caprichoso e independiente era causa, desde hacía tiempo, de preocupaciones e inquietudes para varios estados de Italia, especialmente para Venecia, que el duque odiaba de corazón. En Nápoles, en donde era virrey desde 1616, para dominar más fácilmente a los súbditos y obrar a su gusto, no había encontrado nada mejor que incitar a una parte de la población contra la otra. Amenazas y abusos, arbitrariedades e injusticias estaban a la orden del día. No había casas, ni lugares sagrados, ni siquiera monasterios de monjas que se vieran libres de las lujuriosas hazañas del virrey y de sus soldados. De ahí las exasperaciones, represalias y venganzas cada vez más sangrientas.
Cuando se presentó san Lorenzo, la tensión rayaba en la desesperación. Para librarse de Osuna, los ciudadanos más responsables se dirigieron en secreto al santo, cuya virtud conocían, y también sus dotes de diplomático y la amistad que lo unía a Felipe III; y lo convencieron para que fuera a la corte de España a presentar sus quejas y conseguir la destitución del virrey antes de que fuera demasiado tarde. El santo no supo negarse y, provisto de la debida autorización, partió de incógnito del puertecillo de Torre del Greco, en una noche de tormenta, eludiendo la estrecha vigilancia del de Osuna. Durante el viaje logró evitar no pocos peligros y toda una red de trampas que le tendió el virrey; y aunque tuvo que detenerse en Génova algunos meses, a finales de mayo de 1619, pudo alcanzar al soberano en Lisboa, adonde se había dirigido el monarca para asistir a la coronación de su hijo Felipe IV como rey de Portugal. En repetidos encuentros le informó de todo; pero cayó enfermo a mediados de junio, cuando ya los asuntos tomaban un cariz favorable. No obstante la asistencia que le prestaron los médicos del rey, consumido por las fatigas y sufrimientos, murió el 22 de julio de 1619, a los sesenta años justos de edad, después de haber recibido, con conmovedora devoción y en presencia de numerosos personajes, los últimos sacramentos.
Fue grande la condolencia del rey, de la corte y de cuantos lo habían conocido. Don Pedro de Toledo, que se encontraba entre el séquito del soberano, se apresuró en hacer embalsamar el cadáver y trasladarlo a Villafranca del Bierzo (León), capital de su marquesado, donde fue sepultado en la iglesia del monasterio de las franciscanas descalzas, fundado por su hija, sor María de la Trinidad. También los objetos de su uso personal fueron saqueados por la gran veneración que le profesaban, especialmente los pañuelos empapados en lágrimas durante la misa. En particular su corazón fue embalsamado y repartido entre quienes le habían profesado más afecto. Lo veneraban como santo.
Santo y doctor de la Iglesia
Muchísimos fueron los milagros y las gracias que se atribuyeron a Lorenzo durante su vida. Pero no menos numerosos fueron los atribuidos después de la muerte; y si aquéllos le habían valido el apelativo de «padre santo», éstos impulsaron al general de la Orden, Clemente de Noto, a introducir el proceso de canonización cuatro años después de su muerte. Desgraciadamente, cuando el proceso estaba ya ultimado, se publicaron los conocidos decretos de Urbano VIII que prohibían la introducción de las causas hasta que pasaran cincuenta años a partir del fallecimiento. También la causa de Lorenzo quedó congelada y, por diversas razones, no fue reemprendida hasta un siglo más tarde. Fue beatificado el 23 de mayo de 1783 por Pío VI. Sucesivamente otros impedimentos, y en particular las repetidas supresiones de entidades religiosas, retrasaron también mucho la canonización, que por fin tuvo lugar el 8 de diciembre de 1881 por obra de León XIII, gran admirador suyo.
Pero los contemporáneos de Lorenzo no sólo admiraron su santidad sino también su ciencia sagrada. En los procesos de canonización, numerosísimos testigos elogiaron su profundidad y su riqueza. La destacaron los biógrafos y no faltaron artistas que plasmaron al santo en el momento de escribir sus voluminosas obras bajo la inspiración del cielo. Más tarde, quien, por deber de oficio, se acercaba a sus escritos, quedaba admirado y declaraba que Lorenzo era digno de ser contado entre los doctores de la Iglesia. No se trataba de una exageración, como lo demostró la publicación de su Opera omnia, llevada a cabo entre 1928 y 1956; y como lo demostró sobre todo la proclamación del santo brindisino como Doctor de la Iglesia (19 de marzo de 1959).
El documento pontificio, con el que Juan XXIII le confirió el título de Doctor Apostólico, define sus escritos como «verdaderos tesoros de sabiduría» y muestra la admiración de que un hombre, tan consagrado a la predicación y a otras tareas apostólicas, haya podido encontrar tiempo para escribir obras que abarcan toda la gama de la ciencia sagrada. Se trata de quince gruesos volúmenes. Y no encierran todo lo que brotó de su pluma. Algunos escritos han desaparecido sin dejar rastro; de otros quedan acá y allá algunos retazos.
Las obras del santo pueden dividirse en cuatro clases:
1. Obras de predicación: son las más numerosas. Contienen sermones de cuaresma, de adviento, homilías dominicales; el Santoral, con una nutrida serie de panegíricos para las fiestas y el común de varios santos. El Marial con una colección riquísima de sermones sobre la Salve, el Magníficat, el Ave María y festividades de la Virgen.
2. Obras escriturísticas: la Explanatio in Genesim con la exposición de los once primeros capítulos del Génesis; De numeris amorosis que es un opúsculo sobre el significado místico y cabalístico del nombre hebreo de Dios.
3. Una obra de controversia religiosa: Lutheranismi hypotyposis, compuesta entre 1607 y 1609.
4. Escritos de carácter personal y autobiográfico: el opúsculo De rebus Austriae et Bohemiae, redactado por orden de los superiores, narra las peripecias que vivió en tierras alemanas entre 1599 y 1612. Y un grupo de cartas.
Se ha hablado mucho sobre el valor de cada una de estas obras, y no es fácil formular una valoración exhaustiva. Lo cierto es que las obras principales son el Mariale, la Explanatio in Genesim y la Lutheranismi hypotyposis.
Ya nos hemos referido al Mariale al hablar de la devoción del santo a la Virgen, de la que es un elocuente documento. Pero es, a la vez, una verdadera mariología, rica, sólida, completa, escrita en estilo oratorio. En ella se encuentran afirmadas con claridad, e iluminadas magistralmente, incluso verdades que en tiempo de Lorenzo no estaban todavía definidas -como la Inmaculada, la Asunción, la mediación universal de María-. Bien puede decirse que el santo brindisino, con esta obra, merece figurar entre los más grandes mariólogos que hubo hasta su tiempo.
La Explanatio in Genesim nos revela en el santo al escriturista. La diligencia y meticulosidad con que indaga y determina el sentido literal de la Escritura, el conocimiento que demuestra de los Santos Padres y el dominio de las lenguas bíblicas manifiestan sus notables dotes de exegeta. Y la seriedad del método empleado puede servir de ejemplo aun después de casi cuatro siglos.
La Lutheranismi hypotyposis, escrita contra Laiser, puede considerarse como su obra principal y más orgánica. San Lorenzo se manifiesta en ella como uno de los polemistas más destacados del período postridentino. Se trata de una completa refutación del luteranismo, considerado desde tres puntos de vista: el histórico, es decir, en la realidad viva o hipotiposis del fundador, Lutero; desde el punto de vista doctrinal: en los errores y tergiversación de la verdad cristiana por parte de la Iglesia luterana; desde el punto de vista práctico: en la realidad permanente de sus secuaces, de los que Laiser es prototipo. El aspecto más insólito y genial de la obra estriba en que compendia las ventajas ofrecidas por los polemistas anteriores, es decir, las ventajas de la controversia histórico-personal, y a la vez las de la controversia doctrinal; ofrece una visión sintética y universal de los errores luteranos y proporciona los argumentos esenciales para refutarlos; es un compendio de la apologética culta y de la divulgación popular.
En cuanto a las obras destinadas a la predicación, aun dejando de lado otras consideraciones, no se puede menos que poner de relieve el uso magistral que el santo hace en ellas de la sagrada Escritura; profundiza tanto en el texto que la Escritura parece ser el alma, la vida, la sustancia misma de sus sermones. Leyéndolo, se siente uno frente a un hombre que piensa con la Biblia, discurre con la Biblia, se expresa con el lenguaje mismo de la Biblia, se emborracha de Biblia como una alondra se emborracha de cielo y de sol. Esto imprime a sus discursos un aliento extraordinario y un sabor profundamente sagrado; y al mismo tiempo corrobora todo cuanto los compañeros de Lorenzo afirman unánimemente en los procesos: que sabía de memoria la Biblia.
Y no hay que olvidar otro aspecto especial. Ninguna de sus obras, salvo la Lutheranismi hypotyposis, estaba destinada a la imprenta. Esto nos hace admirar todavía más el vigor y la profundidad de pensamiento que encontramos en sus páginas, la solidez teológica que lo distingue, la claridad y elegancia de su expresión.
Después de todo lo que llevamos dicho sobre la vida y actividad de san Lorenzo de Brindis, encaja perfectamente el juicio sintético y expresivo que encontramos en el decreto con que la Sagrada Congregación de Ritos reconocía su doctorabilidad el 28 de noviembre de 1958: «Con su actividad tan eficaz y amplia, armoniosa y oportunamente unida a una doctrina singular, refulgió como luz espléndida en medio de la Iglesia, iluminó admirablemente el tesoro de la fe, dispersó las tinieblas de los errores, aclaró las cosas oscuras, disipó las dudas, abrió los arcanos de la Escritura, así que con razón puede ser proclamado "Doctor Apostólico"».
Nota bibliográfica:
Dado que la bibliografía sobre la vida y actividades del santo es muy abundante, consúltese la siguiente obra que nos presenta un elenco general: Felice da Mareto, Bibliographia Laurentiana opera complectens an. 1611-1961 edita de sancto Laurentio a Brindisi doctore apostolico, Roma 1962.

Es difícil calificar una institución –como la Iglesia Católica que, en sus dos mil años- nos ofrece con sus bibliotecas, monasterios y universidades, nada menos que el ‘patrimonio intelectual de la humanidad’.

Cuando se encasquilla la razón se disparan las sectas y sus métodos.
El Espíritu Santo, que es la caridad eterna, el vínculo de la unidad en la Trinidad, une con su fuerza en la caridad divina a los hombres dispersos, creando así la grande y multiforme comunidad de la Iglesia en todo el mundo. En los días que pasaron entre la Ascensión del Señor y el domingo de Pentecostés, los discípulos estaban reunidos con María en el Cenáculo para orar. Sabían que por sí solos no podían crear, organizar la Iglesia: la Iglesia debe nacer y organizarse por iniciativa divina; no es una criatura nuestra, sino un don de Dios. Sólo así crea también unidad, una unidad que debe crecer. La Iglesia en todo tiempo —y de modo especial en estos nueve días entre la Ascensión y Pentecostés— se une espiritualmente en el Cenáculo con los apóstoles y con María para implorar incesantemente la efusión del Espíritu Santo. Así, impulsada por su viento impetuoso, será capaz de anunciar el Evangelio hasta los últimos confines de la tierra. Así pues la Iglesia deviene católica desde Pentecostés. También así, por dividirse y multiplicarse los sectarios no son de la Iglesia fundada por Cristo, alimentado por el Espíritu Santo, vivificada en los sacramentos. Mientras las sectas proclaman catástrofes, la Iglesia de Jesucristo habla de perdones y amor… lo hizo hace dos mil años y ese es su Evangelio.

….de la soberbia, Lutero, tibiezas y divisiones… - Está más que claro que la soberbia y falta de humildad de seguir al más humilde de todos, que fue Jesucristo, es lo que ha llevado a la cristiandad a partirse en mil pedazos, por supuesto por nuestro pecado, pero ya sabíamos desde el principio la banda en la que Dios mismo depositó su confianza, 11 cobardes y un traidor, no es excusa de un protestante aludir la falta de santidad de los católicos en su vida diaria para alejarse de esta, pues ya se sabe tal como juzgues serás juzgado, y fue el mismísimo Lutero el primero en encolerizarse contra una iglesia que por mucho que pese, mantuvo el mensaje de Cristo hasta sus días para que el buen señor despertara su iluminación, y después de 15 siglos apareciera la verdadera revelación.Por sus frutos los conoceréis, y ya sabemos como se comportó Lutero con su nueva denominación y en su lucha enconada y salvaje contra la Iglesia verdadera. Solo Dios llegará a juzgar el valor espiritual de los hermanos separados, pero que bien estaríamos todos en un mismo rebaño para que todos fuéramos uno como el Padre con Cristo queríamos que fuéramos, pero claro la soberbia pasa malas pasadas para la perdición del hombre, en fin que Dios nos pille confesados.Aprendamos a defender con argumentos y tanta humildad, la verdad de Cristo en su Iglesia, siendo la relatividad y superficialidad, el plato preferido y digerido por tantos cristianos.

Pedro abandona la faena de pescador para seguir a Cristo… va hasta Roma y allí es crucificado en cruz invertida en el 64ca. "El Romano Pontífice, Cabeza del Colegio episcopal, goza de esta infalibilidad en virtud de su ministerio cuando, como Pastor y Maestro supremo de todos los fieles que confirma en la fe a sus hermanos, proclama por un acto definitivo la doctrina en cuestiones de fe y moral... La infalibilidad prometida a la Iglesia reside también en el Cuerpo episcopal cuando ejerce el magisterio supremo con el sucesor de Pedro", sobre todo en un Concilio ecuménico (LG 25; cf. Vaticano I: DS 3074). Cuando la Iglesia propone por medio de su Magisterio supremo que algo se debe aceptar "como revelado por Dios para ser creído" (DV 10) y como enseñanza de Cristo, "hay que aceptar sus definiciones con la obediencia de la fe" (LG 25). Esta infalibilidad abarca todo el depósito de la Revelación divina (cf. LG 25).